Opositores suspendidos reclaman con sus padres: el bochorno de la infantilización
Imagínese la escena: un treintañero, que aspira a una plaza de funcionario, se presenta a la revisión de su examen acompañado de su progenitora. Ella, en modo ofensivo, exige que le suban la nota. No es un caso aislado. Cada vez más opositores adultos acuden en compañía de sus padres a presentar reclamaciones ante los tribunales, un fenómeno que denota un preocupante nivel de dependencia.
Los testimonios de docentes y funcionarios describen a padres hipercontroladores que no dudan en montar un número en las revisiones. Algunos incluso llevan el bocadillo envuelto en papel de aluminio y dan un azotito a sus descendientes al entrar al ministerio. La pregunta es: ¿cómo pretendemos que estos aspirantes gestionen una clase o un expediente si no saben ni reclamar por sí mismos?
Los datos alimentan el debate. La última oposición a Primaria en Madrid suspendió al 86% de los aspirantes, con un examen que incluía preguntas de nivel de 12 años. Y el calendario escolar revela que los profesores apenas trabajan 172 días lectivos al año. Pero el problema de fondo no es la dificultad de la prueba, sino la cultura de la queja asistida.
Detrás de cada opositor que va con papá hay un sistema que premia la inmadurez. Como señala un veterano profesor, antes al chaval le daba vergüenza que su progenitora intercediera; ahora, si creen que les da ventaja, la animan. La ironía es que muchos de estos padres, que ahora defienden a sus descendientes como si fueran legionarios, son los mismos que critican la falta de autonomía de la juventud.