Por qué ser educadora social provoca rechazo: el caso de una investigadora
Pocas profesiones despiertan tanta hostilidad como la de educador social. Cuando una investigadora de la Universidad de Murcia lanzó una simple pregunta en un foro digital, la respuesta fue un aluvión de insultos y descalificaciones. El incidente revela un estigma profundo que merece análisis.
El experimento fallido de María Cristina Bernabé
La investigadora María Cristina Bernabé, de la Universidad de Murcia, pidió en un foro de internet: «Si os digo que soy educadora social, ¿qué es lo primero que se os viene a la cabeza?». Lo que recibió fue una catarata de improperios: desde acusaciones de ser «parte del problema» hasta comparaciones soeces y ataques personales por su apariencia o ideología. Muchos la tildaron de «vaga», «parasitaria» y «feminazi». Algunos usuarios incluso cuestionaron la metodología, señalando que acudir a un foro notoriamente hostil buscaba confirmar un prejuicio, no recoger datos objetivos.
Las raíces del estigma: gasto público y resultados
Tras la virulencia subyacen críticas recurrentes. La educación social es percibida como un «trabajo que no sirve para nada», financiado con impuestos para colocar a personas afines ideológicamente. Se argumenta que, pese al aumento de educadores, la educación y la cohesión social han empeorado. También se la asocia con el feminismo y el progresismo, lo que genera rechazo en sectores conservadores. La imagen de la educadora se vincula a burocracia ineficaz, autovalidación y dispendio público.
La investigadora bajo la lupa
María Cristina Bernabé no es una desconocida. Su tesis doctoral, dirigida por Andrés Escarbajal Frutos, tiene un enfoque feminista y crítico. Ella misma ha declarado que su objetivo es «cambiar el mundo» desde la educación. Algunos críticos señalaron que su activismo y su estética (con múltiples tatuajes) alimentan los prejuicios en lugar de combatirlos. Se la acusa de realizar una investigación ideológica, no científica, buscando confirmar sus propias creencias en lugar de analizar objetivamente el estigma.
Mientras el gasto público en servicios sociales no deja de crecer, la brecha entre la profesión y la opinión pública se ensancha. Si la academia no corrige sus sesgos autoafirmativos, el diálogo con la ciudadanía será cada vez más difícil. Pero quizás el primer paso sea reconocer que, para ser escuchados, hay que salir de la cámara de eco.