La ofensiva de EEUU para colocar el F-35 en el Ejército del Aire español reabre viejas heridas y conspiraciones
La Administración estadounidense ha intensificado en las últimas semanas sus gestiones en Madrid para convencer al Gobierno de que adquiera el caza F-35, un avión que promete capacidades superiores pero que arrastra una mochila de polémicas. Mientras el Ejército del Aire clama por la renovación de los anticuados F-18, los escépticos recuerdan episodios como la guerra de Ifni, donde los reactores Sabre quedaron inmovilizados por restricciones de uso impuestas por Washington. "Con los F-35 tendríamos el mismo problema", advierten las voces críticas, que señalan la dependencia tecnológica y política que supone comprar material de defensa a un país que, cuando le conviene, prioriza sus intereses sobre los de sus "socios".
El mito del botón de apagado
Uno de los argumentos recurrentes es que el F-35 incorpora un sistema de "desconexión remota" que permitiría a Estados Unidos dejar en tierra la flota española en caso de conflicto. Quienes defienden la compra lo tildan de bulo comparable a la leyenda de los misiles hipersónicos rusos. Sin embargo, la memoria histórica pesa: en 1958, durante la guerra de Ifni, España no pudo emplear sus Sabre contra Marruecos por veto estadounidense y tuvo que recurrir a bombarderos Heinkel 111 de la Segunda Guerra Mundial. Aquello no fue un mito, fue un hecho.
Corrupción e intereses cruzados
El debate también destila escepticismo sobre las motivaciones de los decisores. Algunos analistas consideran que la compra sería "un error de novatos o de corruptos", y señalan que el F-35 no sería eficaz en un hipotético conflicto con Marruecos, al ser este un "amigo favorito" de Estados Unidos. La sospecha de que Washington busca colocar su chatarra a precio de oro mientras mantiene atado a su cliente recorre el hilo. Otros, en cambio, sostienen que España no necesita el F-35 y que son los estadounidenses quienes necesitan venderlo para sostener su industria. Lo cierto es que, entre pulsiones de autonomía militar y realidades geopolíticas, la decisión sobre el F-35 se ha convertido en un termómetro de la relación con Washington.