Barbijaputa, fuera de Público: la censura que divide a la izquierda
La caída de Barbijaputa no es una anécdota sobre una tuitera quemada: es una fractura por la línea trans en el periodismo español. La columnista, conocida por su perfil afilado contra el colectivo trans, escribió una pieza aplaudiendo la sentencia del Reino Unido sobre identidad de género. El periódico Público no la publicó. Ella lo denunció, y el medio acabó prescindiendo de sus servicios.
Qué escondía el artículo vetado
El detonante fue una columna sobre el fallo británico, que la autora celebraba con términos muy duros contra los «transformers», la jerga que el debate usa para referirse a las personas trans. El texto no llegó a ver la luz en el diario. Según las versiones que circularon, la dirección lo consideró inapropiado; poco después, el escrito apareció en otros canales y hubo quien lo calificó de «infumable».
Lo llamativo es que el veto no se quedó en un simple no. La colaboradora montó en cólera, aireó el caso en sus redes, y ahí vino el despido. Los detalles de la gestión interna apuntan al director recién llegado, señalado como el responsable de la censura, y a la exdirectora del medio, que habría bloqueado a la autora cuando esta intentó reclamar. La escena tiene más de ajuste de cuentas que de criterio editorial.
Dos lecturas del mismo episodio
El espectro político-digital se partió en dos. Hay quien sostiene que la columnista llevaba más de una década en una deriva de agresividad y que el despido es la lógica que ella misma defendía: quien aboga por quitar derechos a otros no debería reclamar los suyos. En el lado contrario, el caso se interpreta como una prueba de la censura ideológica de la izquierda: un medio progresista silenciando a una voz incómoda para no ofender al sector trans.
La expresión «guerra civil woke» apareció en el debate como síntesis de la bronca. Y no es casual: el episodio ha dejado en evidencia que la libertad de expresión es un valor incómodo cuando el que habla es un aliado incómodo.
Un precedente para el sector
Pase lo que pase con la autora —que, según las informaciones, arrastra un proceso judicial—, el caso ya ha instalado una pregunta incómoda en las redacciones: cuánto puede decirse sobre el colectivo trans sin que los propios medios apliquen el machete. La previsión, con todas las reservas, es que esta caída no va a ser la última. La industria está reordenándose, y alguien tiene que pagar el pato en cada reajuste.
Este texto se basa en informaciones difundidas en redes y en los mensajes públicos del entorno; el resultado del proceso judicial no está resuelto.