Como extremeño, prefiero que Portugal nos anexione
Alguien nacido en Extremadura lo escribió sin rodeos: antes que seguir como está, que venga Portugal y nos anexione. La frase suena a boutade de barra de bar, y probablemente lo sea. Debajo hay un asunto serio: la brecha de renta, empleo e infraestructuras entre el suroeste español y el país que tiene al lado, y la sospecha de que la convergencia prometida lleva décadas sin llegar.
La frontera que separa dos relatos económicos
El argumento de fondo es fácil de enunciar y difícil de demostrar. Se sostiene que al otro lado de la raya se gestiona mejor, que los trámites son más ágiles y que determinados servicios funcionan como aquí no funcionan. En contra pesa la evidencia agregada: Portugal no supera a España en renta per cápita y su dependencia del turismo y de los fondos europeos es tan intensa como la extremeña. Hay incluso quien invierte el relato desde el otro lado: se argumenta que la corrupción y los problemas económicos portugueses son una versión multiplicada de los españoles, no una solución.
Ahí aparece el primer choque real. Galicia y Extremadura comparten frontera, pero no comparten diagnóstico: unos ven un modelo a imitar, otros un espejo incómodo. Y no son las únicas regiones que se apuntan al género: el agravio territorial es una tradición con muchas provincias, de Asturias a Huelva.
Inmigración, el giro que enturbia el cálculo
Parte del argumento deriva hacia la política migratoria: se atribuye a Portugal un control más estricto y se presenta como causa del diferencial de renta. La hipótesis se lanza sin datos y es difícil de sostener: la relación entre flujos migratorios y renta per cápita regional no es lineal ni automática, y la comparación se hace casi siempre con impresiones, no con series estadísticas. Cuando la conversación salta del bolsillo a la identidad, la economía desaparece y quedan las descalificaciones —regionalismo de manual, tics xenófobos— que no explican ni un punto de PIB.
Dos orillas, la misma envidia
El detalle que descoloca es este: el extremeño quiere ser portugués, el gallego también, y el portugués responde que España es mucho mejor y que aquí se vive peor de lo que se cree. Tres vecinos mirando por encima de la valla, cada uno convencido de que el césped del otro es más verde. Nadie ha medido la hierba.