Rusia y el enigma de 'lo gordo': ¿qué le queda por sacar?
Un usuario afirma que el ejército ruso ha comprometido entre el 15% y el 20% de sus fuerzas en Ucrania, según el relato oficial, y pregunta en qué consiste el 80% restante. A partir de ahí, varios participantes enumeran supuestos fracasos y carencias: unidades de élite diezmadas en Gostomel y Kiev, tropas chechenas grabando vídeos desde el primer día, convictos y enfermos terminales engrosando las filas, tanques T-62 rescatados, misiles Kalibr e Iskander con existencias que se agotan, y una Armada que pierde buques en el mar Negro. El debate, lejos de resolverse, se ha convertido en un ejercicio de esgrima verbal donde nadie acierta a definir qué es exactamente eso de «lo gordo».
El inventario de lo que ya no queda
El repaso al material comprometido es implacable según los foreros. Los Sukhoi han sido derribados, los T-90 calcinados, los Su-57 no pasan de exhibiciones aéreas y los Armatas solo desfilan por la Plaza Roja. Los sistemas de defensa aérea S-300, S-400 y S-500 no derriban ni cometas, según las burlas que circulan. Los drones se compran a Irán y los asesores militares también llegan desde Teherán. La conclusión que se impone entre algunos es que
Rusia no se reserva nada: ha quemado en Ucrania todo lo que tenía y lo que le queda es chatarra soviética mal mantenida.
Hay quien sostiene que Moscú aún dispone de un arsenal significativo, pero el argumento se topa con una realidad tozuda:
los primeros días de guerra aún engañaban a alguien con lo de las fintas y las operaciones de distracción. A estas alturas, quien crea que Rusia guarda un as en la manga es que no ha mirado el tablero con atención, según algunos participantes.
La teoría del desgaste y el frente con la OTAN
La pregunta clave es dónde está ese 80% del ejército ruso que supuestamente no ha entrado en combate. Si se reserva para un enfrentamiento directo con la OTAN, ¿por qué Kaliningrado está en pelotas? ¿Por qué no hay una acumulación de tropas en la frontera con Polonia o los países bálticos? La respuesta más plausible para algunos es que
ese 80% no existe como fuerza operativa: son papeles, unidades sobre el papel con equipo obsoleto y personal mal instruido.
La contraargumentación también tiene su espacio. Hay quien defiende que Rusia no está combatiendo contra Ucrania, sino contra una avanzadilla de la OTAN, y que en ese contexto no le va tan mal. Pero incluso esa lectura admite que Moscú ha cometido errores graves:
dejar morir a miles de soldados y cambiar de estrategia veinte veces en el mismo conflicto no es precisamente un signo de solidez. El futuro de la guerra, concluyen, depende de las ayudas que reciba Ucrania.
El frente interno: propaganda, moral y realidad
El régimen ruso necesita alimentar la idea de que aún queda algo. La propaganda se sostiene sobre la promesa de que
lo mejor está por llegar, pero la evidencia la desmiente, según los críticos. Los ucranianos, entrenados por instructores británicos, canadienses y noruegos desde 2015, se enfrentan a reclutas rusos sacados de aldeas siberianas, sin formación y con problemas de alcoholismo, según un participante. La comparación es brutal: un soldado ucraniano con años de preparación contra un civil ruso movilizado a la fuerza.
La fractura entre ambos pueblos parece irreversible para algunos. Tras esta guerra,
ucranianos y rusos no volverán a ser hermanos, como ya ocurre con los países bálticos, que no pueden ni ver a sus antiguos ocupantes. Ucrania dará la espalda a Moscú para siempre y buscará su acomodo en el bloque occidental. Esa es, quizá, la única certeza que deja el conflicto, según estos foreros.
Las cifras que descolocan
El material comprometido incluye
70.000 bajas rusas, según las estimaciones que manejan los analistas más optimistas con Ucrania. Los sistemas de misiles Kalibr e Iskander estarían bajo mínimos, con apenas cuatro unidades operativas de cada tipo. La flota del mar Negro ha sufrido pérdidas notables, y los drones iraníes se han convertido en un elemento central de la estrategia rusa. Mientras tanto, las defensas aéreas S-300, S-400 y S-500 no habrían derribado ni un solo objetivo relevante.
La pregunta que flota en el aire es qué queda por ver. Algunos apuntan a
un batallón de cabras para que los chechenos se sientan como en casa. Otros, más serios, señalan que lo único que le queda a Rusia es seguir alimentando el espejismo de que aún tiene algo. La realidad, sin embargo, es tozuda: cada día que pasa, el inventario se reduce y las opciones se estrechan. Lo gordo, si existe, sigue sin aparecer.