El Kremlin aplaza el pago en rublos y la AFP habla de euros
El ultimátum tenía fecha: el 31 de marzo de 2022. Ese día no pasó nada. El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, salió a desactivar el reloj y confirmó que el nuevo mecanismo para cobrar el gas ruso en rublos no empezaría a operar al día siguiente, sino que sería «un proceso que se extiende por el tiempo». Horas antes, la agencia AFP había publicado que Vladímir Putin había comunicado a Olaf Scholz que el gas ruso se puede seguir pagando en euros. Puestas en fila, las dos piezas cuentan la misma historia: la exigencia del pago en rublos sigue en pie, pero se ha quedado sin fecha de entrada en vigor.
Qué dijo exactamente el Kremlin
Peskov fue explícito ante los periodistas, según la agencia estatal RIA Novosti: el pago en rublos no arranca el 31 de marzo. «Tecnológicamente, es simple», dijo, pero los pagos y las entregas son un proceso que consume tiempo. Nadie va a cortar el grifo por un formalismo contable. La pieza que recogió la AFP apunta al mismo lado: Putin trasladó al canciller alemán que el suministro se puede seguir abonando en euros. Dos capitales, dos versiones, cero contradicción real entre ellas.
¿Cómo se puede pagar en euros y cobrar en rublos?
Porque el dinero no tiene que llegar intacto al vendedor. Según el detalle que circuló el 31 de marzo, los países occidentales abrirían cuentas en
Gazprombank, entidad que no ha sido sancionada, y una figura bautizada como
Cuenta K haría las veces de esclusa financiera. Alemania, o cualquier otro Estado, transfiere euros a su cuenta; el banco compra el equivalente en rublos y lo acredita a Gazprom. El comprador paga en su moneda, el vendedor cobra en la suya.
El detalle no es cosmético. Hay quien lo lee como una solución técnica razonable: el rublo aparece en el libro mayor de Gazprom, que es lo que el Kremlin necesitaba para su relato, y el euro aparece en el apunte de salida del comprador, que es lo que Europa quería enseñar. Cada parte conserva su titular. También hay quien lo lee como una manera educada de no admitir que la moneda rusa se quedó en la foto y no en la caja.
¿Finta, cesión o cambio de reglas con prisa?
Las lecturas se reparten en tres bloques. El más duro con Moscú sostiene que todo fue un farol desde el primer minuto: exigir el rublo, sostener el pulso unos días y aterrizar en un esquema donde al final se cobra prácticamente lo mismo. Otro bloque lee justo lo contrario: no hay cesión, hay calendario. El cambio llegará, y cuando llegue no afectará solo al gas, sino a todo lo que salga de Rusia.
Una tercera corriente se queda con el efecto colateral: quien compra energía rusa financia, con su factura, la moneda de quien le amenaza. El resumen, por incómodo que resulte, es que ambos bandos han ganado tiempo y ninguno ha renunciado a nada.
¿Quién aguanta más sin vender gas, Moscú o Bruselas?
El argumento central de quienes piden apretar el acelerador es de sustitución, no de moral: si Rusia deja de vender a Occidente, pierde una cuota de mercado enorme y no tiene compradores alternativos capaces de absorber el volumen actual. El gas, a diferencia del petróleo, no se redirige con un buque y una firma; exige infraestructura y contratos que no se improvisan.
En el otro platillo, la aritmética europea tampoco es cómoda. Los gasoductos que llegan a Alemania con gas de otras fuentes son pocos, la capacidad de regasificación del continente está lejos de cubrir el hueco y hay quien cifra el plazo realista para independizarse del gas ruso en años, hasta ocho. En medio, un dato que incomoda a Moscú: según las informaciones publicadas, la petrolera estatal china Sinopec suspendió conversaciones sobre proyectos en Rusia.
Las cifras que sí se dejan comprobar
Según un mensaje difundido, el aceite de girasol alcanzó en Alemania un bidón de diez litros a
54 euros, un
550% más en un mes. No es gas, pero es el tipo de dato que convierte una discusión sobre divisas en una discusión sobre la compra semanal. Mientras, el presidente de un fondo que gestiona diez billones de dólares advertía a los estadounidenses de que la generación acostumbrada a tenerlo todo deberá acostumbrarse a menos.
El número que descoloca no es el del rublo. Según el cálculo que circula, un
40% del PIB ruso se esfuma si Moscú deja de vender gas a Occidente; y hay quien concede a Europa unos ocho años para sustituirlo. Dos relojes distintos para una misma cuenta atrás, y ninguno de los dos bandos ha explicado todavía cómo se cruza el invierno que viene.