Alemania cierra acuerdo con Trump para misiles Tomahawk: ¿quién paga la factura?
Alemania y Estados Unidos han alcanzado un acuerdo para la compra y despliegue de misiles de crucero Tomahawk, según ha trascendido. El pacto, anunciado en el marco de la creciente tensión con Rusia, ha abierto un debate intenso sobre sus implicaciones estratégicas y económicas. ¿Es una victoria diplomática de Washington que aísla aún más a Putin, o una nueva muestra de dependencia europea?
Los defensores del acuerdo argumentan que, pese a ser un sistema de los años 90 —el Tomahawk se estrenó en la primera Guerra del Golfo—, las actualizaciones lo mantienen como un arma de disuasión creíble. Alemania ya posee los misiles Taurus, lanzables desde aviones, pero los Tomahawk, lanzados desde barcos o submarinos, cubren un vacío táctico que el arsenal propio no alcanza. Para Berlín, es un refuerzo ante la amenaza rusa; para Washington, un negocio redondo que consolida su liderazgo en la OTAN.
En el otro lado, las críticas se centran en el coste. El ciudadano medio, vía impuestos, asumirá una factura que algunos califican de "misiles a cambio de recortes en sanidad y pensiones". La ironía: el mismo Congreso que debate el gasto social aprueba sin pestañear partidas militares multimillonarias. Además, se señala la paradoja de que Alemania, potencia industrial, no desarrolle un crucero propio análogo. "No tienen ingenieros", se escucha; otros replican que los Taurus ya son un arma de precisión, pero el Tomahawk añade capacidad naval que Berlín no tenía.
El trasfondo geopolítico es claro: para quienes ven en Putin la amenaza inmediata, este acuerdo es un paso necesario; para los críticos, solo perpetúa el "vasallaje" europeo a Estados Unidos. Y mientras tanto, el rublo sigue pagando su propia guerra en Ucrania.
La pregunta que flota: si los Tomahawks de los 90 fueron decisivos contra Irak, ¿lo serán hoy contra un adversario con guerra electrónica y defensas antimisiles modernas? El tiempo, y el bolsillo del contribuyente alemán, lo dirán.