¿Por qué los jóvenes acusan a sus mayores de haberles robado el futuro?
La pregunta resuena en el debate público español y los números le dan una pista. El sistema de pensiones ya no se sostiene solo con cotizaciones: el déficit se cubre con deuda pública y el impuesto de solidaridad intergeneracional. Mientras, la pensión media ronda los 1.060 euros, muy lejos del tópico de los 3.000 euros que algunos esgrimen.
La anomalía del crecimiento español (1950-2008)
El periodo comprendido entre mediados de los 50 y la crisis de 2008 fue una anomalía histórica. Salir de una guerra civil, reconstruir el país y el miedo al comunismo llevaron a políticas que mimaron a la clase media: vivienda asequible, empleo estable y movilidad social. Un barrendero podía ser propietario. Pero esa fiesta no era eterna.
Desde mediados de los 90, el viento de cola empezó a amainar. La desaparición del miedo rojo y la globalización desataron un proceso de precarización que las generaciones siguientes han sufrido de lleno.
Pensiones: la factura del despilfarro
Las cotizaciones actuales de los trabajadores no cubren el gasto en pensiones. El sistema está quebrado y se mantiene artificialmente con transferencias del Estado. Quienes cotizaron durante el franquismo –con salarios de miseria– ahora reciben prestaciones que equivalen a multiplicar por varias decenas lo que aportaron. El cálculo es demoledor: lo que un pensionista cobra en un mes iguala lo que cotizó durante toda su vida laboral en los 60.
Y el problema se agrava: la media de ahorro de un boomer –según los datos que circulan– supera los 100.000 euros, mientras los jóvenes no pueden ni empezar a ahorrar. El alquiler y las cotizaciones sociales se llevan gran parte de su salario.
La política migratoria como coartada
Una corriente apunta a que el apoyo electoral de los mayores a partidos que impulsan la inmi gración masiva no es inocente. La llegada de trabajadores extranjeros presiona los salarios a la baja y alivia temporalmente la presión sobre las pensiones (más cotizantes), pero a costa de precarizar el mercado laboral y saturar los servicios públicos. Críticos señalan que es una forma de mantener el nivel de vida de los jubilados a costa del futuro de los jóvenes.
Autocrítica generacional
No todo es culpa de los boomers. Una parte del análisis señala que los nacidos en los 70 y 80, los que ahora gobiernan, han sido igualmente irresponsables: se han beneficiado del sistema sin reformarlo, han perpetuado el modelo insostenible y han votado a los mismos partidos. Además, el derroche y el consumo excesivo de los jóvenes actuales –tarjetas de crédito, ocio caro– también juega en contra del ahorro.
El debate sobre la herencia generacional está lejos de cerrarse. Lo único seguro es que la cadena de responsabilidades alcanza a todos, y que el tiempo corre. Mientras, los que más tienen –los mayores– siguen votando y gastando, y los que menos –los jóvenes– se preguntan si algún día les tocará la fiesta. Quizá la respuesta la dé la demografía: los boomers se van, pero su deuda se queda.