Solo los más listos votarían: la noocracia como alternativa
La democracia representativa atraviesa su peor crisis de confianza. En ese contexto, resurge una vieja propuesta: que solo voten los ciudadanos con un CI superior a 140. La noocracia, o gobierno de los sabios, plantea que la masa no está preparada para decidir. Y detrás del planteamiento hay números concretos: en España, el colectivo se estima entre 150.000 y 225.000 personas. La idea divide opiniones.
¿Cómo funcionaría la noocracia en España?
La propuesta parte de una premisa: la democracia actual es una partitocracia donde los ciudadanos solo ratifican a las élites. Para evitarlo, el poder debería residir en el 2% más brillante. El modelo propone una población diana de 150.000 personas con CI>140, de las que 75.000 estarían gobernando en cada momento. Con rotación anual por tercios, 25.000 saldrían y entrarían cada año, evitando la formación de una casta. En tres años, todo el gobierno se habría renovado por completo. Así se eliminaría la clase política profesional y se evitaría el cansancio.
La admisión se haría mediante un test de CI, como el de Mensa. El propio proponente se sometería a ello, sin excepciones. Y una tarea urgente de esa élite sería simplificar la legislación para que fuera comprensible por todos. Esa es la parte que más defensas reúne: la complejidad normativa actual es un caos que aboca al ciudadano a la ignorancia.
El voto emocional: el talón de Aquiles de la democracia
El argumento central es que el votante medio no actúa como individuo racional, sino como parte de una tribu. La estadística, se sostiene, demuestra que un grupo con IQ medio de 100 se comporta en masa con un IQ efectivo inferior. Por eso, la noocracia propone un test de 100 preguntas básicas para poder votar, desde lógica hasta sesgos cognitivos. Sin saberlo, no se puede predecir el impacto del voto.
La pandemia del Gran Encierro se cita como ejemplo de la borreguización: tolerar el confinamiento como bueyes. Y aquí aparece la ironía: la democracia participativa supone que el ciudadano actúa racionalmente, pero la evidencia muestra que vota según narrativas emocionales, no según análisis de datos. Los partidos lo saben y explotan la polarización.
Las críticas: tiranía del coeficiente intelectual
La propuesta no es baladí. Los críticos señalan que la alta inteligencia no implica sentido común ni ausencia de corrupción. Se cita a Asimov: los que se creen inteligentes a menudo no repiensan, y el CI mide más memoria que auténtica inteligencia. También se apunta que concentrar el poder en un grupo, aunque sea meritocrático, abre la caja de Pandora: ¿por qué 140 y no 120? ¿Por qué inteligencia y no renta? Otros consideran que no sería más que una tiranía sin contrapesos.
El propio Platón, ese gran defensor del gobierno de los sabios, establecía que los guardianes no debían mezclarse con la plebe. Pero la historia ha demostrado que los mejores hombres también se corrompen. Y como dice el refrán, «el poder tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente». En la práctica, no hay garantías de que los CI>140 resulten ser los más éticos.
Alternativas: de la representación uninominal a la tecnocracia
Entre las alternativas aparece la representación uninominal: dividir el país en distritos de población, donde cada distrito elige a un representante sin partido. Cualquiera puede presentarse, y el representante consulta a sus electores antes de votar. Otros defienden la tecnocracia, escuchando también al pueblo. Y no faltan quienes apelan a la «militontocracia», argumentando que solo el poder militar puede garantizar el orden. Curiosamente, la propuesta de la noocracia encontró eco en un vídeo de Starship Troopers, donde los ciudadanos que habían servido al ejército tenían más derechos que los civiles.
También se menciona la ley D'Hondt, que hace que el voto en provincias poco pobladas como Teruel o Soria valga más que el de Madrid, lo que agrava la sensación de que el voto no es igual. El debate no es nuevo. René Guénon lo dejó escrito: la democracia es una imposibilidad de hecho, porque siempre manda un grupo reducido, y el sufragio universal promueve la mediocridad. Por eso, la noocracia se vende como la única alternativa a la dictadura total que viene. Esa es la parte más inquietante: la desconfianza en el pueblo es la semilla de regímenes autoritarios.
El punto donde el análisis se atasca
La noocracia tiene un problema de legitimidad: el consentimiento no se da por decreto. Aunque la idea sea lógica sobre el papel, ningún sistema funciona si la gente no lo acepta. Y eso es exactamente donde el análisis se atasca: si el pueblo no acepta que los sabios decidan por él, la solución vuelve a ser una invocación al sinsentido. Como escribía Antonio de Rivarol, «el gobernante absoluto puede ser un Nerón, pero a veces es Tito o Marco Aurelio; el pueblo suele ser Nerón, y nunca Marco Aurelio». Pero la experiencia demuestra que ni los sabios ni los necios garantizan la buena política. Solo queda la incertidumbre.