Feijoo, el tibio que divide a la derecha española
¿Por qué una parte del electorado conservador prefiere abstenerse o votar a la izquierda antes que apoyar a Alberto Núñez Feijoo? La respuesta, según se desprende de los debates más recientes, no es su supuesto progresismo ni su pasado en Galicia, sino exactamente lo contrario: su moderación calculada. La etiqueta de «tibio» que algunos le cuelgan no es un adjetivo menor: en el actual escenario de polarización, la palabra se ha convertido en un muro infranqueable entre el PP y un segmento crucial de votantes que exige perfiles más nítidos.
El pecado original de la pandemia
El principal reproche contra Feijoo no viene de sus políticas económicas —apenas se discuten— sino de su gestión sanitaria al frente de la Xunta de Galicia. Mientras Isabel Díaz Ayuso se erigía en Madrid como la adalid de la libertad frente a los confinamientos, Feijoo impuso toque de queda y restricciones a los no vacunados, incluida la prohibición de acceder a bares. «Nadie le obligó a eso», se recuerda, en contraste con la actitud de la presidenta madrileña. Este episodio, sumado a su intento de impulsar multas de 60.000 euros a los infractores —que finalmente fueron tumbadas por inconstitucionalidad—, ha quedado grabado en la memoria de quienes hoy le niegan el voto.
El dilema del votante de derechas: entre la abstención y el voto útil
El debate revela una corriente de pensamiento que, aunque minoritaria en las urnas, resulta sintomática: un sector del electorado conservador considera que las diferencias entre PP y PSOE son mínimas, y que votar a Feijoo es casi lo mismo que hacerlo por Pedro Sánchez. «Es como elegir entre 5 patadas en los huevos o 4», se argumenta. Esta percepción alimenta la abstención o, peor aún, el voto a formaciones como Vox o incluso al PSOE como castigo. Un análisis que circula sugiere que la estrategia de la izquierda se basa en «evitar que gobierne el rival» y «hacer rabiar a la oposición», y que el PP, con su perfil bajo, no ofrece un contrapeso real.
La sombra del pasado reciente: leyes y amnistía
El PP arrastra también el lastre de sus votaciones en el Congreso. La ley del «solo sí es sí» y, sobre todo, el apoyo al chat control —que algunos interpretaron como una cesión a posiciones intervencionistas— han minado la confianza de los votantes más libertarios. A esto se une la aprobación de la amnistía por el TJUE, un varapalo que los críticos del PP utilizan para señalar la falta de firmeza del partido. «Los bulos no pueden con la realidad», se contesta desde la otra orilla, pero la realidad es que el descontento sigue creciendo.
En definitiva, Feijoo se enfrenta a un electorado que no perdona la tibieza, que exige gestos contundentes y que, ante la duda, prefiere no elegir. Con estos mimbres, el PP camina hacia las próximas elecciones con una espada de Damocles sobre su cabeza: la de una base que se desangra por los extremos mientras él se empeña en ocupar el centro. Ironías de la política: ser demasiado sensato puede ser el mayor pecado en un país que no está para sensateces.