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La brecha entre los salarios españoles y los de los países ricos de su entorno explica la sensación de pobreza que muchos viajeros perciben al volver. España tiene un PIB por habitante inferior a la media de la eurozona y un mercado laboral con más temporalidad y sueldos más bajos.
La brecha entre los salarios españoles y los de los países ricos de su entorno explica la sensación de pobreza que muchos viajeros perciben al volver. España tiene un PIB por habitante inferior a la media de la eurozona y un mercado laboral con más temporalidad y sueldos más bajos.
Quien viaja desde un país rico del centro o norte de Europa y aterriza en España nota el contraste. Allí, un trabajador sin cualificación puede ingresar en torno a 4.000 euros netos al mes y vivir en ciudades cuyo coste se parece al de una capital de provincia española. Aquí, ese mismo perfil cobra a menudo menos de la mitad. El resultado es una impresión de empobrecimiento generalizado que no siempre se corresponde con la realidad estadística, pero que tiene una base material.
España cerró 2024 con un PIB por habitante en torno al 88% de la media de la eurozona, según Eurostat. Es una economía que crece, pero que arrastra un problema estructural de productividad y de composición sectorial. La construcción, el turismo y los servicios de bajo valor añadido pesan mucho. La industria y la tecnología, menos.
El salario medio bruto en España ronda los 2.200 euros al mes en 14 pagas, según la Encuesta de Estructura Salarial del INE. El salario más frecuente, sin embargo, se queda cerca de los 1.500 euros. Es decir: la mitad de los trabajadores gana menos que esa cifra. En países como Alemania, Países Bajos o Dinamarca, el salario mínimo supera los 1.800 euros brutos en 14 pagas, y en algunos casos los 2.000.
El problema se agrava porque el coste de la vivienda en España ha subido muy por encima de los salarios. El precio del alquiler en Madrid o Barcelona ha crecido más de un 50% desde 2015, mientras los sueldos lo han hecho a un ritmo mucho menor. Eso deja a muchos jóvenes sin capacidad de ahorro ni de emancipación. La edad media de emancipación en España supera los 30 años, una de las más altas de Europa.
El nivel educativo también lastra. España tiene una tasa de abandono escolar temprano en torno al 13%, según Eurostat, muy por encima de la media europea del 9,5%. La formación profesional y las carreras técnicas no cubren la demanda de perfiles cualificados en sectores como la industria o la tecnología. Muchos jóvenes con estudios superiores aceptan empleos por debajo de su cualificación.
La sensación de falta de futuro entre los jóvenes no es solo una impresión. La tasa de paro juvenil en España se sitúa cerca del 25%, según la EPA. Es la más alta de la Unión Europea después de Grecia. Eso empuja a muchos a emigrar o a aceptar condiciones precarias. La salud mental y el consumo de sustancias son problemas reales que las encuestas del CIS recogen con frecuencia entre los menores de 30 años.
La llegada de inmigrantes en situación vulnerable añade una capa de complejidad. España recibió más de 1,2 millones de personas de origen extranjero entre 2020 y 2024, según el INE. Muchas llegan en condiciones precarias y se concentran en sectores de baja remuneración. Eso puede intensificar la percepción de pobreza en determinados barrios, aunque la evidencia económica muestra que la inmigración suele tener un efecto neto positivo en las cuentas públicas y en el crecimiento.
La comparación con los países ricos de Europa es inevitable. Pero España no es un país pobre: es un país con una distribución de la renta muy desigual y un mercado laboral que castiga a los jóvenes y a los menos cualificados. La sensación de declive tiene raíces concretas. No es solo una impresión de viajero.
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