Pues mire, el viejo era de los que no levantaba la voz y, de hecho, parecía hecho de otra pasta. El típico tío que se levantaba a las cinco de la mañana con la fiambrera, silbaba bajito para no despertar a nadie y volvía a las ocho de la tarde con las manos como lija y la cabeza llena de humo. No contaba batallitas, pero a la hora de la verdad te soltaba la sentencia justa:
- "Esto es lo que hay, y se trabaja, o se trabaja."
- "El dinero no cae del cielo, chaval, y menos para el que no se lo curra."
Le gustaba remendar las cosas en casa antes que comprarlas nuevas, y nos llevó a todos a vivir a una casa que él mismo se construyó con las manos, un piso de protección oficial en el extrarradio. No le debía nada a nadie, y eso era su estandarte: si le apretaban lo fiscal, respondía todo, pero con una dignidad que daba gusto ver.
Lo curioso es que nunca lo vi quejarse del trabajo, ni siquiera cuando la obra era en agosto. A lo sumo, en la hora del vermú del domingo, se ponía callado, con la mirada de quien no quiere contar penas, y soltaba algo así como: "El día de mañana lo veréis vosotros, que no os quiero ver con la cabeza agachada". Cosas de esa época.
Supongo que por eso entiendo tan bien a esos veteranos de la construcción que ahora veo cruzando la calle a paso lento mientras los nuevos políticos les llaman "privilegiados". Poco más le puedo contar. Al final, la memoria que uno guarda es un archivo de cariño en blanco y […], y no seré yo quien se ponga a escarbar más hondo para que no le salgan humedades.