Núcleo Nacional y el marketing que repele a su propio votante
¿Puede un partido sobrevivir cuando su envoltorio repele incluso a quienes compartirían su programa? Esa es la pregunta que recorre estos días cualquier análisis mínimamente serio sobre Núcleo Nacional, la formación que ha aterrizado en Cataluña reivindicando la españolidad de la comunidad. El detalle llamativo no es su discurso, sino la reacción que provoca su puesta en escena: encapuchados, negro sobre negro y una liturgia de escuadra que, según admiten hasta simpatizantes, genera más rechazo que adhesión.
El producto y el envoltorio no cuadran
Hay sectores que sostienen que la estética de la formación la aleja precisamente de su público objetivo. La tesis no proviene de sus adversarios: incluso quien se declara cercano al fondo del mensaje señala que la teatralidad de uniforme y capucha funciona como un repelente. Una cosa es agitar una bandera y otra presentarse como una pandilla sin barrio, con toda la coreografía de peligrosidad impostada pero sin el oficio para sostenerla. El envoltorio abarrota la vitrina y tapa el producto.
La tesis del laboratorio: el CNI como agencia de marketing
La lectura más extendida dentro del nicho escéptico es que la formación no es un fenómeno espontáneo, sino un artefacto diseñado. Se argumenta, sin prueba alguna y por pura sospecha conspiranoica, que detrás late algún servicio de información interesado en fragmentar el voto de la derecha y, de paso, en contaminar la marca de todo lo que suene a derecha con el sello nazi. En foros de análisis se repite el juego de palabras: Núcleo Nacional de Inteligencia. Que un partido nuevo provoque más teorías de laboratorio estatal que apoyos vecinales dice bastante del resultado.
La paradoja del infiltrado: caricatura que pide ilegalización
Otra corriente apunta al efecto perverso contrario: que el ridículo sirva de coartada. Cuanto más esperpéntica sea la puesta en escena, más fácil resulta justificar ilegalizaciones futuras y meter en el mismo saco a formaciones que nunca se vistieron de negro. El cálculo es siniestro y probablemente falso, pero explica por qué muchos observadores miran al grupo como una trampa con patas: quien se afilie por convicción acabará señalado por asociación.
El mismo uniforme para clientelas opuestas
Lo más llamativo es el paralelismo que otra parte del análisis traza con la izquierda radical: sudadera negra, encapuchado, zapatilla concreta y una gramática estética intercambiable. La pana del viejo izquierdista y el cuero con pinchos de ayer son hoy el mismo catálogo que viste al ultras de derecha. La diferenciación política acaba reducida a un cambio de pegatina sobre el mismo chándal.
El mercado electoral no premia la coherencia estética, sino la confianza. Y la confianza, con la cara tapada y el gesto de asalto, se compra mal. Un partido puede permitirse muchas cosas; lo que no puede permitirse es dar miedo a quien debería votarle. A este paso, su mejor argumento de venta será la paella sin sal.