El petróleo es un fósil, pero la teoría inorgánica no muere
Que el crudo procede de la descomposición de plancton, algas y bosques antiguos es un consenso que pocos discuten en público. Hasta que la factura energética aprieta y alguien pregunta cuánta materia orgánica hizo falta para llenar los depósitos que mueven el mundo.
La respuesta más sólida está en los biomarcadores: moléculas de origen biológico presentes en el petróleo, verificables con una muestra y un laboratorio. Si el crudo naciera de procesos inorgánicos en el manto, esas firmas no existirían. Quienes sostienen el origen orgánico añaden un detalle poco conocido: la Tierra pasó por millones de años cubierta de bosques de helechos que ningún organismo descomponía, acumulando miles de millones de toneladas de madera que la presión y los movimientos continentales convirtieron en hidrocarburos.
La parte económica alimenta la duda. Durante décadas el petróleo estaba en tierra, barato. Hoy las petroleras perforan aguas ultra profundas con maquinaria carísima. Ese contraste invita a sospechar que el relato oficial oculta algo. La teoría abiogenética -petróleo sin fósiles, generado por la geología profunda- no tiene respuesta biomolecular, pero sobrevive cada vez que el barril o el litro de gasolina escalan posiciones.
Al final, la polémica no se resuelve con eslóganes. Los biomarcadores siguen ahí, y la ciencia dice que el petróleo es vida enterrada. Lo que nadie termina de cuadrar es por qué, siendo un recurso finito de origen biológico, los yacimientos continúan apareciendo. Ahí, ni los escépticos ni la ciencia oficial cierran el expediente: la pregunta por el origen del hidrocarburo es también una pregunta por el precio que estamos dispuestos a pagar.