Subida brutal de precios en bares: la cuenta atrás para el bar Paco
La caña de cerveza en un bar de barrio ya no baja de 2,30 euros. El café, de dos euros. Un pincho de tortilla con refresco o cerveza cuesta 5,5 euros, y un menú del día batallero arranca en 14 euros. Quien quiera algo más fino, que ponga 18 euros sobre la mesa. Y si pide otra botella de vino, se la cobran a precio de sangre de unicornio. La hostelería ha subido sus precios entre un 10% y un 25% en los últimos meses, y el consumidor empieza a hacer números.
Los números que duelen
Los incrementos no son lineales. Un usuario contabiliza subidas de hasta el 25% de un día para otro en su bar de confianza. La cerveza en lata –más barata que el botellín– se ha convertido en opción habitual en algunas barras, algo impensable hace un año. En el supermercado, una lata de marca cuesta menos de un euro; una blanca, menos de cincuenta céntimos. El ahorro de beber en casa frente al bar es abismal, y cada vez más trabajadores optan por el tupper frente al menú diario.
Detrás de las subidas hay costes reales: electricidad, alquileres, cotizaciones sociales y materias primas que no dejan de escalar. Quien trabaja en la contabilidad del sector lo confirma: "De enero a abril he visto subidas impresionantes. No suben precios porque les apetezca". Pero también hay quien señala la sobredimensión de locales: hay demasiados bares para la demanda actual, y solo los que revientan precios logran mantenerse.
El cliente aprieta el cinturón
La respuesta del consumidor es clara: reducir visitas al bar o buscar alternativas más baratas. El pincho de tortilla y refresco que antes era un capricho asumible ahora duele. "A este paso te cobrarán el pan si pides otra ronda", ironiza un asiduo. La competencia del 'mercaurante' (comprar en Mercadona y comer en la oficina) se ha intensificado. Mientras, las terrazas se llenan en verano, pero muchos solo piden un cortado y alargan la consumición.
Hay quien defiende que la subida es inevitable y que el sector sobrevivirá gracias al turismo y los fines de semana. "Si el local está pagado, con abrir viernes, sábados y domingos basta", argumentan. Pero la realidad es que los gastos fijos no descansan, y la clientela de diario –trabajadores, autónomos, jubilados– es la primera en desaparecer cuando los precios aprietan.
¿Hacia dónde vamos?
La tendencia apunta a una polarización: bares low-cost que compiten con el supermercado versus establecimientos premium que se justifican por la experiencia. El bar Paco de toda la vida, ese que vendía la caña a 1,50 euros, está en extinción. Como apunta un comentario, "los bares van a ser los videoclubs de los 2000". La cuenta atrás ha empezado, y no llegará a octubre sin que muchos echen el cierre.
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