Peones a 2.000 euros y cero candidatos: la paradoja de la obra
En Ibiza se buscan pescadores a 2.400 euros por ocho horas de faena y no se presenta nadie. En esa misma isla, un chaval que acaba de entrar de peón puede rondar los
2.000 euros netos al mes con los sábados incluidos, y la cola de candidatos sigue igual de larga: cero. La cifra choca de frente con el relato del país que no encuentra empleo y describe un mercado partido en dos. El que paga por firma un Excel tiene candidatos de sobra; el que paga por levantar un muro, no.
Quien defiende el oficio sostiene que buena parte del rechazo nace del prejuicio. La obra se mira desde la barra del bar, con barriga y cerveza al mediodía, y no se mira desde dentro. Un encofrador de 50 años, se argumenta, está más fuerte y más ágil que un oficinista de su edad aunque el oficinista vaya al gimnasio. La imagen pública y la jornada real no se parecen en casi nada.
Cuánto se cobra en la construcción: de 2.000 a 4.000 euros
El abanico salarial que se maneja en el sector es más ancho de lo que sugiere el tópico. Un peón con algo de experiencia se mueve entre
9 y 10 euros la hora netos; un chaval recién llegado puede acercarse a los 2.000 euros mensuales trabajando sábados. En zonas tensionadas como Ibiza, un jefe de obra llega a los
75.000 euros brutos anuales y un buen encargado ronda los 4.000 netos al mes. Hasta en el mar: se ofrecen 2.400 euros por ocho horas de barco pesquero.
La otra cara de esa tabla la pone la ingeniería junior. Hay quien relata sueldos de
1.400 euros al mes para titulados de caminos que se comen cien kilómetros de ida y otros tantos de vuelta cada día, con las mismas horas que la cuadrilla y ninguna de sus compensaciones. El relato del sector como chollo se rompe, precisamente, por arriba.
El problema, insisten desde dentro, no es el techo salarial: es que no hay manos. Cualquier obra funcionaría con más gente mañana mismo.
El turno partido y las diez horas que espantan a los candidatos
Hay una razón concreta por la que muchos no vuelven. La jornada partida —entrar de mañana, parar a mediodía y regresar por la tarde— figura entre los motivos más citados para abandonar el sector. A eso se suma un ritmo que en algunos casos se describe como
diez horas de lunes a viernes y cinco más el sábado. A ciertas edades, eso no se negocia ni con un buen sueldo.
Los más veteranos matizan: el turno partido está en retroceso. Donde se ha impuesto la jornada continua, el ahorro en dietas y desplazamientos ha empujado a las empresas a concentrar el trabajo. Y esa fórmula, sostienen, sale a cuenta para las dos partes.
El calendario tampoco ayuda a la leyenda negra. Durante la pandemia, la construcción paró
15 días obligatorios y la mayoría del sector no conoció un encierro más largo.
La letra pequeña: artrosis, hernias y pensiones rotas
Frente al retrato amable aparece el otro. Hernias discales, fibrosis, enfisemas, amputaciones, artrosis y dermatitis crónicas figuran entre los daños más citados de una vida en obra. A partir de los 55 años, se asegura, el cuerpo ya no responde igual. Y el sector con más divorcios de España, después de uno, es este.
El final de la película es lo que más duele. Muchos trabajadores llegan a los
57 o 58 años con una incapacidad que la Seguridad Social no siempre reconoce, y sobreviven con pensiones bajas hasta la jubilación. Reciclar a quien lleva desde los 16 colocando ladrillos a destajo no se resuelve con un curso de programación.
La parte del debate que mira al ADN añade otra capa: se argumenta que el trabajo físico al aire libre ordena los ritmos circadianos y dispara la vitamina D, con la contrapartida del sol de mediodía y los contaminantes que se respiran sin mascarilla.
La meritocracia del andamio: el que vale, medra
La tesis central es que la obra no admite trampas. El resultado del trabajo es visible: un muro, un encofrado, un porche. No se puede justificar lo que no se ha hecho ni apropiarse del trabajo ajeno, así que el trepador clásico se queda sin terreno donde esconderse.
El que mejor caza, mejor vive, resume la idea en clave prehistórica.
El matiz llega desde otra esquina. En la obra también hay política de pasillo: el encargado pesa, y si no te traga, el ascenso se complica igual que en una oficina. Lo que cambia no es la naturaleza humana, sino el instrumento de medida.
Reformas a 8.000 euros la cocina: la fuga de los mejores
El movimiento más rentable está fuera de la obra grande. El currante que sabe se pasa a la reforma por su cuenta:
5.000 euros el baño, 8.000 la cocina, cartera de año y medio y teléfono saturado. Los que dan ese salto, dicen, no vuelven a la obra por cuenta ajena ni de broma.
La pregunta abierta es si el oficio se revaloriza o se desgasta con los años. Unos defienden que un profesional de 60 o 65 años vale más que uno de 30, porque suple el músculo con conocimiento, y hasta hay contratistas con tres trabajadores por encima de esa edad. Otros ven justo lo contrario: a los 60, el albañil está roto y el mercado no le ofrece nada mejor que seguir cargando escombros.
Con esos mimbres, la pregunta no es si la obra es un buen trabajo. Es por qué, pagando lo que paga, nadie llama a la puerta.