Alfonso XIII no abdicó en 1931: mantuvo la corona hasta 1941
La noche del 14 de abril de 1931, Alfonso XIII salió de palacio camino de Cartagena y embarcó. No tomó la ruta terrestre hacia Francia. Se fiaba más de la Mar1 que de la carretera. Quien recuerda ese episodio familiar añade otro detalle: se marchó él solo y dejó atrás a Victoria Eugenia y a los descendientes. Antes, durante días, se había estado embarcando en Cartagena una cantidad notable de objetos de valor de palacio, según el testimonio de un militar destinado en la base. La pregunta que trae aquí a la mayoría —por qué renunció Alfonso XIII a la corona— tiene una respuesta incómoda: no renunció, al menos no entonces.
La abdicación que no fue: un manifiesto, no una renuncia
Tres días después de cruzar la frontera firmó un manifiesto en el que hablaba de «suspender el ejercicio de la potestad real» y de marcharse «para evitar derramamiento de sangre». Ni abdicación ni renuncia formal: una fórmula intermedia para no soltar nada de forma definitiva. El título no lo soltó hasta enero de 1941, moribundo en Roma, cuando abdicó en su descendiente Juan. Cuarenta días después estaba perecid. Cuarenta. El que fuera rey hasta hacía un mes y medio.
Qué pasó el 12 de abril y por qué nadie salió a defenderle
El detonante no fue una revuelta callejera, sino unas municipales. Los republicanos ganaron en casi todas las capitales de provincia y leyeron el resultado como un plebiscito contra la monarquía. Tenían argumentos: el ejército no se movió y el jefe de la Guardia Civil, Sanjurjo, no garantizó nada. El conde de Romanones bajó a palacio a explicarle al rey que no había nada que hacer. Con ese cuadro, sostener la corona exigía una violencia que nadie estaba dispuesto a asumir en su nombre.
1923: el error de fondo que liquidó a la monarquía
La causa profunda se sitúa ocho años antes. Al refrendar el golpe de Primo de Rivera, Alfonso XIII dejó en suspenso la Constitución de 1876 y, con ella, el sistema que le sostenía. El Partido Conservador y el Liberal no eran más que maquinarias de reparto de escaños, ministerios y alcaldías; sin elecciones que repartir, sus líderes dejaron de tener autoridad. Romanones, al que el rey tenía por un genio de la política, era en 1930 un don nadie incapaz de reunir apoyos. Antonio Maura lo había avisado: no te involucres en un golpe militar. Tras una reunión desastrosa con el dictador, dejó una previsión que se cumplió entera: «Esto es el fin de la Monarquía; vendrá una República; luego el caos; y después, claro, los militares.»
De la zarina al barco: el miedo físico y la ruta por mar
En el cálculo del rey pesó el pánico. Victoria Eugenia, nieta de la reina Victoria y prima de la zarina Alejandra, había visto cómo los bolcheviques ejecutaban a su prima y a Nicolás II en 1918. La exposición no era la misma —a una nieta de la reina Victoria no se la fusilaba con la Royal Navy en el mar— pero el miedo era real. De ahí el barco, y de ahí el detalle que más incomoda: el rey se fue antes que su propia familia.
El rey que no quería ver
Queda el contraste que descoloca. Mientras Alfonso XIII se marchaba conservando el título, Víctor Manuel III se quedó en Italia con Mussolini y hoy los Saboya no reinan. Y queda la anécdota: en su inauguración del metro de Madrid apareció con los ojos cerrados en la foto oficial, y alguien se los pintó después. El retoque de época. Un rey que no quería mirar y una imagen que fingió que sí.