ADE: el título que promete dirección y acaba en gestoría de barrio
Administración y Dirección de Empresas (ADE) es una de las carreras más demandadas por los estudiantes españoles y, a la vez, una de las más cuestionadas en cuanto se pone sobre la mesa el retorno real de la inversión. La discusión arranca con una cifra que descoloca: una creadora de contenido con cerca de un millón de seguidores rechazó una oferta de Temu porque le pagaban 1.000 euros por vídeo y le exigían 15 vídeos al mes, según su testimonio recogido por un programa de televisión. El detonante no es la influencer, sino la comparación: hay quien se deja la piel descargando camiones por bastante menos de 15.000 euros al año.
A partir de ahí, el foco gira hacia la formación universitaria. ¿Tiene sentido estudiar una carrera que promete dirección cuando, según algunos participantes, el mercado laboral coloca a muchos de sus egresados en una asesoría de barrio, echando catorce horas diarias y con 3.000 euros limpios como techo? La respuesta depende de a quién se pregunte, y las posturas no pueden estar más enfrentadas.
Qué se enseña en ADE y qué se encuentra al salir
La crítica más repetida es que ADE enseña a dirigir sin conocer el oficio que se dirige. Un profesor de matemáticas lo resume con retranca: «Es estudiar para ser jefe sin conocer el oficio que diriges». Otros apuntan que la carrera es versátil y favorece la empleabilidad en sectores muy distintos, pero que el sueldo depende de habilidades que no se aprenden en el aula: idiomas, desarrollo de la zona donde uno se ubica y las llamadas competencias blandas.
El caso más citado es el de quien monta una asesoría o gestoría de barrio. Un participante sostiene que, en una zona con movimiento, como un municipio de la Costa del Sol, se pueden sacar 3.000 euros limpios al mes. El problema es el coste personal: catorce horas diarias, ser el primero en llegar y el último en salir, mientras los empleados contratados se marchan al acabar su jornada. El título no garantiza el puesto directivo; garantiza, como mucho, la posibilidad de ser el jefe de uno mismo.
El pedigrí de ESADE e ICADE: acceso, no conocimiento
La segunda línea de análisis apunta a que el valor de los centros privados de élite no está en lo que enseñan, sino en a quién sientan a tu lado. Los compañeros de clase son empresarios, hijos de empresarios y altos directivos; el título aporta pedigrí y acceso a empresas que contratan solo en esos circuitos. Los currículums de sus egresados muestran entradas tempranas en banca de inversión y promociones rápidas, según quienes defienden esta tesis.
La objeción es igual de contundente: hay quien sostiene que sin el apellido compuesto de origen, el máster no abre esas puertas. Se argumenta que estos programas juegan con las ilusiones de quienes aspiran a un estatus que no les corresponde por cuna. El título, en ese caso, es una factura sin acceso incluido.
Medicina e informática: los sueldos que sí cuadran
Frente al escepticismo sobre ADE, hay carreras donde las cifras cuadran mejor. Un participante afirma que Medicina, una vez superado el MIR, permite alcanzar 40.000 euros al año o más en España. En ingeniería informática, empezar con 18.000 o 20.000 euros es habitual, y con varios cambios de empresa no es raro llegar a 40.000. La rotación es constante: cada mes alguien se va a otra compañía por una mejora salarial.
El matiz es que la informática también se está precarizando. Se argumenta que la llegada de profesionales de Latinoamérica presiona los salarios a la baja, y que el tiempo invertido fuera del trabajo en certificaciones y entrevistas exigentes no siempre compensa. El sector tecnológico deja de ser refugio seguro cuando la oferta de mano de obra se dispara.
El futuro que se desdibuja: electricistas, fontaneros y la IA
Hay un hilo de fondo que recorre toda la discusión: la sospecha de que la formación universitaria está dejando de ser la vía rápida hacia la estabilidad. Un participante con 46 años y tres carreras —Derecho, Económicas y Matemáticas— lo dice sin rodeos: sostiene que los títulos no valen de nada y que tenía que haberse hecho electricista. Añade que su trabajo es puramente intelectual y que en cinco años estará fuera por la inteligencia artificial; los albañiles, en diez.
La conclusión compartida es incómoda: el futuro era ser fontanero o electricista, montar un blog con buen posicionamiento y cobrar cada reparación a precio de oro, según este participante. El prestigio social de la carrera no paga facturas. Y mientras tanto, la inteligencia artificial ya se usa para generar vídeos promocionales de carritos de la compra.
Con estos mimbres, la predicción es que ADE seguirá llenando aulas —el título suena bien y la alternativa da miedo— pero el ajuste de expectativas será brutal. Si el mercado laboral sigue premiando el oficio sobre el diploma, la próxima generación mirará estas cifras y tomará decisiones distintas. O no. La inercia educativa es la fuerza más difícil de vencer.