¿Por qué los adultos coleccionan mangas y funkos?
Mientras que un bibliófilo que invierte miles de euros en primeras ediciones del siglo XIX es considerado un ser culto, un adulto que llena una estantería de figuras de anime es tachado de inmaduro. Esta paradoja vertebra un debate que enfrenta dos visiones del coleccionismo: una que lo eleva como afición legítima y otra que lo reduce a síntoma de infantilismo o patología social.
El doble rasero del coleccionismo
Quienes critican el coleccionismo de mangas y figuritas japonesas suelen esgrimir que se trata de objetos para niños, acumulados por adultos que no han madurado. Señalan que detrás hay una huida de la realidad, un refugio en la nostalgia que impide afrontar responsabilidades. Algunos van más allá y lo vinculan con problemas de salud mental, citando el aumento de suicidios e hikikomorismo en Japón como reflejo de una cultura tóxica.
Sin embargo, los defensores recuerdan que coleccionar es inherente al ser humano: sellos, monedas, vinos, coches en miniatura. La diferencia es que lo japonés se asocia a lo friki mientras que lo antiguo o clásico se etiqueta como cultura. Un usuario del debate ejemplifica con su colección de libros de bibliófilo: primeras ediciones de 1929, enciclopedias de 1954, volúmenes de 1934. A nadie se le ocurre llamarle inmaduro.
¿Refugio emocional o patología social?
El hilo revela posturas enfrentadas sobre la motivación. Una corriente sostiene que es una enfermedad nacida del rechazo social: personas que, al sentirse excluidas, crean su propia cámara funeraria acumulando basura. La contrapartida argumenta que el coleccionismo permite socializar: conocer gente en rastros, ferias y grupos de aficionados. "Gracias al coleccionismo he conocido a un montón de gente", dice un participante que afirma tener que rechazar planes por saturación social.
Otros señalan que la nostalgia es el motor: aferrarse al recuerdo feliz de la niñez, cuando el único problema era no tener todos los muñecos deseados. La solución sería una pareja que te quiera, pero eso es un espejismo: no volveremos a ser felices, así que cada uno lo intenta a su manera.
En el terreno de las cifras, los coleccionistas de libros antiguos comparten sus hallazgos: una Enciclopedia Alvarez primera edición de 1954 impecable, los 10 volúmenes de La Nueva Técnica de los Negocios de 1934, los 7 tomos de Biblioteca del Contable Moderno de 1929. Todo ello por precios irrisorios en rastros. Mientras, los aficionados a las figuras japonesas invierten cantidades similares en objetos que para muchos son "plástico sin utilidad".
La pregunta que queda en el aire es si la línea entre afición y patología la traza la sociedad o el propio individuo. Quizá, como apunta uno de los comentaristas, "coleccionar es ario. Ahora, depende el qué".
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