No pasa las pruebas físicas de bombera y lo llama machismo
¿Se puede suspender una oposición física y salir a llamar machista al tribunal? El vídeo de una aspirante a bombera que no superó las pruebas sostiene exactamente eso: que el rechazo no tiene que ver con sus marcas, sino con ser mujer. La pieza circula junto a una cifra que se repite sin fuente oficial —que
solo un 0,5% de las mujeres supera esos exámenes— y a una acusación gruesa de misoginia contra quienes evalúan. No es un asunto inédito: los requisitos físicos de los cuerpos de emergencia llevan años en el centro de la polémica, y cada convocatoria reabre la misma herida. ¿Igualdad de baremo o igualdad de resultado?
¿Qué dicen las bases sobre las marcas y el factor de corrección?
La letra pequeña de la convocatoria importa más que el vídeo. Según lo que se cita de las bases, la marca mínima para alcanzar la nota necesaria
no distingue entre hombres y mujeres: todos los aspirantes se rigen por los mismos tiempos o distancias, sea cual sea su sexo. La única diferencia prevista es el llamado
factor de corrección, un ajuste que se aplica a las mujeres sobre la misma prueba. Ahí está el nudo. Quien defiende el sistema sostiene que sin ese corrector la práctica totalidad de las plazas iría a parar a hombres. Quien lo critica responde que un coeficiente corrector equivale, en la práctica, a una rebaja encubierta del listón, y que en un oficio donde hay que sacar a alguien de un edificio en llamas el listón no admite rebajas.
¿Por qué se cuestionan las cuotas en trabajos que salvan vidas?
Aquí el argumento deja de ser ideológico y se vuelve operativo. En un incendio, el fuego no negocia. El ejemplo más repetido es el de bajar en brazos a una persona de
unos 80 kilos desde un quinto piso, o cargar con una escalera subiendo tres pisos en nueve segundos, marca que se cita como referencia de lo que exige el oficio. En una cadena de rescate, cada eslabón sostiene el conjunto; el más débil fija el límite de todos. Lo que nadie pone en duda es que esas plazas se pagan con dinero público.
¿Qué oficios físicos ocupan las mujeres y cuáles no?
La comparación sectorial aparece enseguida. Se argumenta que hay mujeres operarias, soldadoras o carpinteras, pero a razón de entre una y cinco por cada cien hombres, y que en minería, albañilería o asfalto en agosto la presencia femenina es prácticamente nula. De ahí se extrae una conclusión incómoda para algunos:
si no hay reclamación de cuotas en los trabajos duros y mal pagados, quizá el problema no sea el techo de cristal, sino el interés.
El ajedrez como contraejemplo obligado
El salto del músculo al tablero lo dan los propios números que se manejan. Hacia
2009, en el top 100 mundial de ajedrez había 99 hombres y una mujer. En Alemania, en 2007, competían dieciséis hombres por cada mujer; en España la proporción se cita de uno a diez. Judith Polgar llegó a estar octava del ranking ELO, un caso que se describe como marginal. A día de lo discutido, la primera mujer de la lista es Yifan Hou, en el puesto 127, y la segunda, Ju Wenjun, en el 307. En matemáticas el patrón se repite: de los 23 premios Abel concedidos, 22 han sido para hombres y solo Karen Uhlenbeck lo ha ganado. Quien usa estos datos matiza que no miden inteligencia, sino interés y dedicación.
La sospecha que cae sobre quien sí aprueba
Hay un efecto secundario que se señala con insistencia: cuando se reservan plazas por sexo, toda mujer que llega al puesto queda bajo sospecha, aunque haya superado el mismo examen que el resto. El daño, en esa lectura, lo acaban pagando precisamente las profesionales que se ganaron el sitio a pulso. Se añade el temor operativo: si un día falla alguien por falta de aptitud física, el coste no lo asume la estadística, lo asume el rescatado.
Con estos mimbres, la conclusión práctica es casi de sentido común: si el fuego pidiera un informe de igualdad antes de subir la escalera, el asunto se resolvería solo. No lo pide.