España pierde un curso escolar: el desplome que la pandemia no explica
El nivel de la secundaria española equivale hoy al de la primaria en Japón. La afirmación la firma el neurocientífico francés Michel Desmurget y, aunque suena a salida de tono de sobremesa, los datos que él mismo maneja no permiten despacharla con un encogimiento de hombros.
Entre 2018 y 2022 España perdió el equivalente a un curso escolar: los chavales de 13 años manejan hoy lo que manejaban los de 12 seis años antes. La pandemia no lo explica, porque el hundimiento viene de antes.
Quién es Desmurget y qué sostiene
Doctor en neurociencia, formado en el MIT y en la Universidad de California, y director de investigación en el Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia. Su ensayo
La fábrica de cretinos digitales ganó el premio de ensayo Femina de las letras francesas y ahora publica
Más libros y menos pantallas. El diagnóstico que repite:
la inteligencia está disminuyendo de forma notable desde hace 20 años. Su definición de manual es que un cretino digital es un niño al que le han quitado parte de lo que le hace humano: el lenguaje, el conocimiento, la capacidad de concentración.
El investigador no se queda en el titular. Su tesis es que las pantallas no solo roban horas de lectura, sino que alteran la calidad del sueño y reducen las interacciones verbales que sostienen el vocabulario. Y ahí entra el bucle que le interesa: si los niños llegan peor a la escuela, se les exige menos, y esa rebaja del listón consolida la caída.
¿Por qué un alumno español de secundaria volvería a primaria en Japón?
Porque la caída al final de la Primaria se detecta en todos los países de la OCDE —Francia, España, Alemania, Estados Unidos— pero los asiáticos la superan de un modo que él califica de infinitamente mejor. Si un alumno español o francés de primer año de instituto fuera a estudiar a Singapur o Japón, lo mandarían de vuelta a Primaria por su nivel de lectura.
Una brecha colosal, dice, sin adornos.
La comparación admite matices que el propio material deja sobre la mesa. Hay quien recuerda que el sistema asiático se sostiene sobre una presión académica extrema, con estudiantes desbordados y problemas serios de
salud mental entre los jóvenes, y que trasladar ese modelo sin su contexto social es un ejercicio de laboratorio. La brecha existe; la receta, en cambio, no se exporta en caja.
«Dar un portátil a cada niño es una estafa intelectual»
Lo dice mirando directamente al modelo catalán de reparto de equipos. Su argumento no es que la tecnología sea mala en abstracto, sino que en el aula no se usa para lo que se dice que se usa:
si das tablets a los niños en la escuela, no las usan para aprender. Y separa dos cosas que suelen confundirse: la atención que adiestran los videojuegos no es la concentración que exige estudiar.
Los números que maneja sobre el consumo real son los que desarman el discurso del uso educativo. Entre el
80% y el 90% del tiempo de pantalla se va en televisión, Netflix y YouTube; después llegan los videojuegos y, con la adolescencia, las redes sociales. Un curso escolar en Francia suma entre 850 y 860 horas. Sumando todo el tiempo de pantalla desde los 3 hasta los 18 años, la cifra equivaldría a
27 cursos escolares.
La ecuación de segundo grado que nadie quiso resolver
Hay una escena de aula que explica mejor que cualquier gráfico dónde estamos. Según el relato de un docente en el hilo, en un ciclo de Formación Profesional de grado superior se propuso resolver con Python el clásico ejercicio de la ecuación de segundo grado, contemplando todos los casos. La respuesta del alumnado fue que estaban allí para estudiar informática, no matemáticas, y que se iban a quejar al director. El ejercicio se sustituyó por otro más fácil.
El episodio, contado sin dramatismo, apunta a un problema de base: no es solo que falten conocimientos, es que se ha normalizado la idea de que las materias duras son opcionales según el título. Sobre ese terreno, cualquier plan de digitalización llega tarde y mal.
El resto de la ecuación: currículo, docentes y expectativas
Hay una corriente que sostiene que el foco en las pantallas sirve para no hablar de otras cosas. Se apunta al currículo, a la descoordinación entre materias, a las editoriales y a la formación del profesorado de las etapas tempranas, donde se concentran buena parte de las plazas y del interés del sistema. También se discute el efecto de aulas muy heterogéneas en las que parte del alumnado llega con la lengua y el nivel descolgados, y hasta qué punto eso lastra al resto.
En el lado contrario, otra línea de análisis considera que la crítica se queda corta y que el problema no es tecnológico sino de diseño institucional: un sistema que promociona por decisión política y que ha renunciado a exigir. Los dos relatos comparten un mismo hecho incómodo: los títulos se han multiplicado mientras el nivel medido baja.
Sobre la lectura hay un contrapunto interesante. Frente a la idea de que ciertos formatos no sirven para crear hábito, hay quien recuerda haber empezado con tebeos y haber acabado devorando clásicos a los doce años, con padres que no pasaban del periódico. La puerta de entrada a la lectura rara vez es la que los pedagogos diseñan.
Con estos mimbres, lo probable es que el ordenador siga en la mochila y que la brecha con Asia se siga midiendo en años. Desmurget pide más libros y menos pantallas; los calendarios, los currículos y las competencias autonómicas no parecen moverse en esa dirección. Si algo cambia, no será por un ensayo. Aunque, con estos datos, no sería por falta de argumentos.
Datos que sostienen el diagnóstico
- Entre 2018 y 2022 se ha perdido un año escolar: los alumnos de 13 años tienen el nivel de los de 12 de hace seis años
- Un curso escolar en Francia suma entre 850 y 860 horas
- El tiempo de pantalla de los 3 a los 18 años equivale a 27 cursos escolares
- Entre el 80% y el 90% del consumo de pantalla se hace vía televisión y plataformas
- La inteligencia está disminuyendo de forma notable desde hace 20 años