Por qué gana terreno el discurso que aconseja no casarse
Hay una corriente de opinión masculina que ha dejado de discutir sobre bodas para discutir sobre contratos. Para esta corriente, la «naturaleza femenina» —la de la mujer como ser puro, bondadoso e inmaculado— no sería una descripción, sino una pieza de propaganda que el propio sistema, con la educación y el marco legal en primera fila, se encarga de repetir. De ahí se extrae una conclusión muy concreta: mejor no firmar. El matrimonio aparece, en este relato, como el peor contrato que puede aceptar un hombre.
El matrimonio como riesgo legal y económico
El argumento no es teológico ni sentimental; es jurídico y contable. Se sostiene que el marco legal vigente expone al hombre a pérdidas patrimoniales severas tras un divorcio o una ruptura, y que las dinámicas de pareja actuales empujan en esa dirección. La recomendación se repite con insistencia: no casarse, evitar el compromiso formal y priorizar la independencia económica y las metas individuales. Lo llamativo es que la tesis se apoya más en la percepción de una asimetría legal que en cifras cerradas. Y ahí el razonamiento resbala: la intuición ocupa el sitio que debería ocupar el dato.
Naturaleza o educación, el dilema que no se cierra
Por debajo late un viejo pulso. Se recurre al conductismo para recordar que buena parte de la conducta humana se moldea mediante estímulos y consecuencias, y se ataca la idea de la «tábula rasa» —la mente como pizarra en blanco— subrayando el peso de la evolución. El corolario es incómodo para todos: si el instinto manda, parte de la conducta sería previsible y difícil de educar. La metáfora que vertebra el relato es la del tiburón, presentado como un animal que ni es bueno ni es malo, que simplemente sigue su instinto; al bañista solo le quedaría ser consciente y extremar precauciones. La frase suena más suave de lo que sugiere su contenido.
De un nombre propio a un estado de ánimo
Si hay un nombre propio en todo esto, es el de Lola Índigo. La cantante aparece como ejemplo recurrente de lo que se describe como un patrón: la imagen pública construida frente a la persona real, la pose como estrategia de mercado. De ahí sale el aviso contra lo que se llama el «tiburón con disfraz de delfín»: el riesgo de confundir el envoltorio con el fondo. La controversia se cierra, en realidad, por agotamiento y no por argumento.
Al final, nada se resuelve, y quizá sea lo más honesto. Se mezclan el agravio personal, la teoría evolutiva y el cálculo patrimonial sin alcanzar una conclusión verificable. La única constante no es una cifra, sino una sensación: la precaución. Sobre esa base, ningún dato termina de cerrar la controversia, pero muchos creen tenerla ya ganada.