Macron avisa de que Putin seguirá hacia Moldavia y Rumanía
En marzo de 2025, con la guerra de Ucrania encarando su cuarto año, el presidente francés Emmanuel Macron sostiene que si nadie detiene a Vladímir Putin, el Kremlin «pasará a Moldavia y quizá a Rumanía». La advertencia, recogida por agencias como EFE, no ha caído en saco roto: ha reabierto el viejo pulso entre quienes piden negociar ya y quienes creen que cualquier acuerdo con Moscú es una rendición anticipada. El propio Macron ha defendido que la única salida es frenar militarmente a Rusia, lo que en la práctica implica que la Unión Europea asuma el liderazgo que Estados Unidos parece haber abandonado.
Qué significa exactamente «parar a Putin»
La traducción literal de ese eslogan es incómoda: obligar a Rusia a una derrota militar. Eso exige que la UE, sin el paraguas estadounidense y por tanto sin la OTAN al completo, se organice militarmente y sostenga una guerra conjunta con Ucrania contra Rusia. Es el escenario que algunos describen sin rodeos como el inicio de una escalada continental.
Frente a esa tesis, la objeción más repetida es la de la propaganda por interés. Hay quien sostiene que el alarmismo sobre una invasión rusa de Europa del Este sirve para justificar el aumento del gasto en defensa y las comisiones asociadas a la industria armamentística, en un momento en que se atisba una posible negociación de paz. La sospecha no es nueva: los mismos gobiernos que ayer describían un ejército ruso agotado y luchando con palas son los que hoy advierten de una amenaza existencial.
El ejército ruso, ¿derrotado o imparable?
La contradicción es el eje del escepticismo. Durante meses se repitió que Rusia había perdido su ejército, que las sanciones la liquidarían y que Putin estaba enfermo. Ahora se dice que va a conquistar Europa. Ese bandazo narrativo alimenta la desconfianza de buena parte de la opinión, que ve en el cambio de guion una maniobra para no aceptar un acuerdo de paz en las condiciones actuales.
El análisis más frío apunta a objetivos limitados. Rusia ya controla Bielorrusia, quería Ucrania entera pero previsiblemente se quedará con Crimea y el Donbás, y sus siguientes adquisiciones podrían ser Transnistria o el corredor de Suwalki. No llegará a Madrid, pero sí busca recuperar influencia en la Europa del Este, bien por control territorial directo, bien instalando gobiernos afines como el bielorruso. Para eso, añaden, hacen falta mimbres que hoy no se ven.
El precedente que nadie quiere repetir
La comparación con Afganistán planea sobre el debate. La URSS mantuvo posiciones diez años en un terreno imposible, pero no se jugaba su existencia. Ucrania, en cambio, está exhausta, vive de limosnas y sus aliados empiezan a mirar el reloj. El avance ruso se detuvo a las dos semanas y ahí sigue, sin avances decisivos, lo que refuerza tanto a quien pide negociar como a quien cree que Moscú no tiene capacidad de ir más allá.
Europa, entre el rearme y la parálisis
El diagnóstico sobre la capacidad europea es demoledor. Según un cálculo que circula en el debate, tres años de guerra y no se ha abierto ni una sola fábrica nueva de armamento, munición, blindados o aviación en toda Europa. Algunos países han ampliado turnos, pero poco más. La crítica apunta a que, si se hiciera algo, sería a contracorriente de lo necesario. La conclusión más repetida: o no pasa nada, o si pasa, la culpa será exclusivamente europea.
A esto se suma el desgaste interno. Francia acumula millones de residentes de origen musulmán, según se argumenta, y la prioridad declarada sigue siendo Rusia. Para una parte de la opinión, la UE no solo no enmienda sus políticas, sino que acelera las que considera autodestructivas, mientras el ciudadano medio ve degradarse su sanidad, su poder adquisitivo y su seguridad.
El negocio detrás del relato
La sospecha de fondo es económica. Los mismos que alertan de la amenaza rusa son los que se benefician del rearme: contratistas de defensa, industria farmacéutica y una red de comisionistas que medra con cada crisis. La guerra como gran pelotazo, resumido en una idea que circula con insistencia: antes de que la ruina europea se manifieste del todo, hace falta justificarla con algo, y qué mejor que un enemigo exterior.
Mientras tanto, la dependencia energética sigue siendo la gran paradoja. Si Putin es tan peligroso, se pregunta, por qué Francia y otros países europeos baten récords de compra de gas natural ruso. El dato descoloca más que cualquier discurso: en 2024, las importaciones europeas de gas ruso alcanzaron su máximo, según se sostiene en el debate.