Una concentración ultra en Barcelona reclama la expulsión de migrantes y una Europa blanca
Hace dos días, un pequeño grupo de ultranacionalistas se plantó en
Barcelona con un mensaje explícito: expulsión inmediata de todos los migrantes y una “
Europa étnicamente blanca”. Los vídeos de los lemas y la
estética de algunos asistentes, evocando a las juventudes hitlerianas, corrieron como la pólvora por redes. No eran muchos –“cuatro gatos”, se dijeron muchos–, pero su puesta en escena reabrió una herida que no cicatriza.
La respuesta, no obstante, fue rotunda. Centenares de vecinos se echaron a la calle para rodear la concentración y gritar contra el fascismo. Las imágenes de ese contraste –la minoría ultra frente a la multitud antifascista– resumen, en un solo plano, la tensión de fondo: el debate sobre la inmigración, la identidad europea y el papel de los partidos que alimentan el discurso del odio.
La escenografía de la protesta
La convocatoria, de apenas unos minutos, dejó para el recuerdo varios momentos comentados hasta la extenuación: un joven con aspecto de pertenecer a una organización juvenil nacionalsocialista; cánticos contra los “invasores”; y alguna referencia explícita a la “remigración”. Este término, que ha pasado del argot de los círculos identitarios a los discursos políticos, sintetiza el programa: revertir la presencia de personas extranjeras en suelo europeo. Su creciente uso no es casual.
La respuesta antifascista, más fuerte que la provocación
La movilización de los vecinos de Barcelona no fue un acto espontáneo, sino la expresión de un tejido social que considera inaceptable la deriva ideológica de estos colectivos. No se trató solo de un abucheo: la presencia de centenares de personas cortando el paso a los manifestantes evitó incidentes y mandó un mensaje claro. Quienes siguen el pulso a este tipo de organizaciones se preguntan si se trata de una excepción o de un síntoma de un malestar más profundo que puede crecer.
El debate sobre la remigración y el relato oficial
Más allá del momento concreto, el eco online ha sido tremendo. Por un lado, se argumenta que la ultraderecha está siendo “instrumentalizada” por el sistema para dividir a la clase trabajadora; por otro, se sostiene que la preocupación por la inmigración es legítima y que otros partidos la abordan con hipocresía. En medio, el término “antifascismo” se ha convertido en un campo de batalla semántico: para unos es un freno necesario, para otros una etiqueta vacía que los poderes utilizan para desacreditar a quien disienta.
La genética, último refugio de la idea de pureza
En la trastienda del debate, afloran argumentos pretendidamente científicos que defienden la homogeneidad étnica. Frente a ellos, la historia desmonta el mito: los españoles son el producto de siglos de mezcla entre celtas, romanos, visigodos, judíos y musulmanes. Los mismos que reivindican una Europa blanca olvidan que Europa no es un dato racial, sino un constructo cultural abierto. Esa contradicción, sin embargo, no parece hacer mella en quienes repiten el eslogan.
El episodio barcelonés no cambiará por sí solo las políticas migratorias ni el mapa electoral. Pero ha demostrado que el discurso de la ultraderecha tiene cuerda en la calle, aunque sea minoritaria, y que encuentra una resistencia social organizada y mayoritaria. El pulso, de momento, se queda en tablas. La próxima convocatoria dictará sentencia.