Myron: no tener hijos como gesto revolucionario
El discurso de Myron, un personaje mediático cercano a los cuarenta y sin descendencia, ha reavivado el debate sobre la paternidad como elección política. «No tengo hijos porque estoy haciendo la revolución», declaró, una frase que condensa una corriente de pensamiento que crece en ciertos círculos: renunciar a la reproducción como acto de protesta contra el sistema.
La declaración se enmarca en una tendencia global a la baja de la natalidad entre activistas y personas comprometidas con causas sociales. El argumento subyacente es que traer hijos al mundo en un contexto de crisis climática, desigualdad creciente y colapso institucional sería, cuando menos, contradictorio con un proyecto transformador.
El coste de la coherencia ideológica
La postura de Myron no es nueva. Figuras como el filósofo Peter Singer han planteado dilemas éticos sobre la procreación en un mundo con recursos limitados. Sin embargo, la versión tuitera del argumento –más visceral y menos elaborada– conecta con un público joven que ve en la no reproducción una forma de resistencia.
Los datos demográficos acompañan: la tasa de fecundidad en España lleva años en caída libre (1,19 hijos por mujer en 2023, según el INE). Pero el gesto revolucionario de Myron choca con la realidad de que la mayoría de los sin hijos lo son por razones económicas, no ideológicas. El alquiler, la precariedad laboral y la falta de apoyos públicos pesan más que cualquier manifiesto.
El dato que descoloca
Si la renuncia a la paternidad fuera una estrategia revolucionaria eficaz, debería ir acompañada de un plan de acción colectivo. Myron no lo ha detallado. La paradoja es que, mientras él hace la revolución sin hijos, otros sí tienen hijos y están criando a la próxima generación de revolucionarios. El resultado neto, a largo plazo, es incierto.