Apps de citas: el mercado que cosifica a las usuarias
La denuncia se repite en foros y redes: las aplicaciones de citas han convertido el flirteo en un escaparate donde el usuario masculino medio se comporta como en un catálogo de productos. La socióloga Zygmunt Bauman lo anticipó: «las relaciones humanas se viven desde el punto de vista de cliente y de objeto de consumo». Y cuando una pareja «deja de ser rentable, se deja de lado y se busca una nueva». El símil económico no es casual.
Mercadillo de perfiles: la oferta y la demanda
El argumento central es que los hombres –al menos una parte– utilizan Tinder y similares como si fueran un supermercado de personas: deslizan, escogen, consumen y desechan. Se habla de «mercadillo de pollas» y de «carrousel de polvos de usar y tirar». Las mujeres, por su parte, denuncian sentirse tratadas como objetos cuyo valor de cambio se mide en likes. La metáfora económica impregna el debate: hay quien habla de «chochoinflación» para describir la abundancia de oferta femenina, y quien sostiene que las apps han «destrozado el mercado» al bajar el listón de lo que un hombre está dispuesto a ofrecer.
Pero no todo es unidireccional. Otra corriente señala que las mujeres también seleccionan activamente, y que el 80% de los hombres compiten por el 20% de las mujeres más deseadas. «Los perdedores netos somos la mayoría de tíos, que a falta de un físico resultón tenemos que ofrecer más», resume un análisis recurrente. La asimetría es evidente: la hipergamia femenina (tender a elegir hacia arriba) y la disponibilidad masculina (valer casi cualquier cosa) crean un desequilibrio que las plataformas digitales amplifican.
¿Libre mercado o fallo de mercado?
La crítica no se limita al género. Se apunta a que el modelo de negocio de las apps fomenta la rotación: ganan cuantos más usuarios estén activos, no cuantos encuentren pareja estable. Es un incentivo perverso que convierte a los solteros en consumidores perpetuos. «Las apps han destrozado el mercado», afirma un análisis que estima que las mujeres de 45-50 años también recurren a jóvenes de 25-30, igualando la lógica de «usar y tirar». La pregunta que surge es si esta dinámica es una elección libre o una imposición del algoritmo.
Tras Bauman, cabe preguntarse si la cosificación es un subproducto inevitable de la gamificación de las relaciones. Lo que está claro es que, lejos de ser un debate menor, la economía de las aplicaciones de citas refleja transformaciones profundas en cómo valoramos el capital erótico y el tiempo. Y mientras los incentivos sigan alineados con la rotación, la queja de las mujeres –y de muchos hombres– seguirá siendo que el amor se ha convertido en una transacción más.
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