Interseccionalidad de salón: cómo el feminismo blanco se apropia de las opresiones ajenas
El concepto de interseccionalidad, acuñado por Kimberlé Crenshaw para visibilizar las opresiones múltiples que sufren las mujeres negras, ha sido vaciado de contenido. Un artículo reciente lo denuncia: el feminismo hegemónico lo ha convertido en una herramienta para mantener sus propios privilegios de clase y raza, reduciéndolo a una muletilla institucional cada 8-M. La pregunta incómoda es si el feminismo blanco está realmente dispuesto a ceder espacio o solo a gestionar la diversidad como un adorno.
El secuestro de un concepto revolucionario
La interseccionalidad nació para señalar que las mujeres negras no son solo mujeres ni solo negras: sufren una opresión específica que ni el feminismo ni el antirracismo abordaban. Pero en las últimas décadas, el término ha sido despojado de su origen. Ahora aparece en manifiestos institucionales, campañas de marketing y discursos de lideresas blancas que jamás han pisado un barrio periférico. El problema no es la palabra, sino su uso: se invoca para dar legitimidad sin asumir costes. Un sector del análisis sostiene que el feminismo blanco ha convertido la interseccionalidad en un símbolo de estatus moral, mientras las mujeres racializadas siguen siendo instrumentalizadas como decorado.
Fragmentación identitaria: el monstruo que se devora a sí mismo
La reacción no se ha hecho esperar. Desde otras trincheras, se acusa al feminismo blanco de hipocresía: defienden a la mujer negra teórica, pero ignoran a la inmigrante que limpia sus casas. Y al mismo tiempo, la dinámica de fragmentación avanza: primero mujeres, luego mujeres negras, luego mujeres negras discapacitadas… un reguero de siglas que acaba diluyendo cualquier solidaridad. La crítica apunta a que este juego de identidades solo beneficia a una burocracia activista que vive de la gestión de la opresión, mientras las condiciones materiales de las más vulnerables no mejoran. El debate se atasca en si debemos abolir categorías o multiplicarlas.
La cuestión de fondo sigue abierta: ¿puede el feminismo blanco despojarse de su privilegio sin una renuncia real al poder? Mientras tanto, la palabra interseccionalidad sigue sonando en las pantallas, cada vez más vacía, cada vez más lejos de Kimberlé Crenshaw.
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