Mulholland Drive: Diane Selwyn no sueña, recuerda un asesinato
David Lynch murió el 16 de enero de 2025, a los 78 años, tras meses encerrado en casa por un enfisema que él mismo confirmó en agosto de 2024. Con él se fue el autor de la película que media generación ha reabierto para volver a cerrarla mal: Mulholland Drive. No es un rompecabezas sin solución. Es la historia, casi lineal cuando se ordena, de Diane Selwyn, una aspirante a actriz en Los Ángeles que se enamora de otra, Camilla, y que acaba contratando a un sicario para que la borre del mapa.
Lo demás —la amnesia, el vaquero, el Winkies, los abuelos— no es ruido decorativo. Es la contabilidad de una culpa.
La llave azul: el objeto que certifica el asesinato
El análisis más difundido de la película (traducido y publicado por entregas, diez en total) sostiene que la clave de todo está en un objeto pequeño y azul. El sicario queda citado detrás de un muro y le muestra a Diane la llave que certifica que el trabajo está hecho. Ella aparta la mirada y ese gesto marca el punto de no retorno. Cuando aparece la llave, aparece el «fin de todo». A partir de ahí, la protagonista construye un relato donde Camilla sigue viva y ella no es culpable. Es el mecanismo exacto de la negación.
No es interpretación gratuita: la propia película coloca las llaves en primer plano en el primer acto. La tía Ruth olvida las suyas antes de irse de viaje y vuelve a por ellas. Están sobre la mesa, brillando, debajo de la que se esconde Rita. El detalle pasa desapercibido en el primer visionado y golpea en el tercero.
Dos tercios de fantasía, uno de derrumbe
La estructura engaña. Durante buena parte del metraje se nos vende una investigación amable: dos mujeres, una sin memoria, un misterio por resolver. Es el sueño de Diane, su versión corregida de los hechos, donde es una actriz con futuro y no una aspirante fracasada. Cuando el relato se rompe, entra el mundo real: celos, humillación, un director que la aparta y una Camilla que se empareja con otro.
Hay quien lee ahí una alegoría del negocio del cine: la rubia como la voluntad artística, la morena como el talento vendido a la industria, el vaquero advirtiendo que hay que elegir. Y hay quien lo reduce todo a una historia de trauma y personalidad destruida. Las dos lecturas caben porque la película no compite consigo misma: acumula capas.
Los abuelos y la risa que nadie cierra
Uno de los puntos más discutidos es la risa histérica de la pareja de ancianos, al principio y al final. La explicación más extendida es dura: representan un abuso no resuelto en la adolescencia de Diane, una complicidad familiar que la empujó a callar. En el último tramo ya están muertos y la arrastran con ellos. La imagen del chófer reflejado en el retrovisor —fúnebre, impostada— se lee como un funeral disfrazado de boda.
El análisis se atasca exactamente ahí. La escena encaja con la teoría pero no se deja demostrar, y cualquier interpretación que la cierre del todo fuerza las piezas. La obra admite la lectura, no la impone.
Obra maestra o tostón: la grieta que no cierra
El juicio del público sigue partido. En las plataformas de puntuación acumula una cantidad desproporcionada de dieces —de las más altas en número para una sola película— compensada con una avalancha de unos de quien no está dispuesto a hacer el esfuerzo. La queja más repetida, «complicada y aburrida», convive con la sentencia contraria: «pura magia irrepetible».
Que una película estrenada en 2001 siga generando desgloses escena por escena dice algo del hambre de un cine que ya casi no se hace. Nadie discute hoy si Lynch sabía lo que hacía. Lo que no se cierra es lo de siempre: por qué esa risa.