Mujeres dioses, hombres esclavos: el relato del modo fácil
Hay una tesis que circula con la insistencia de los mantras: la mujer lleva quince años convertida en un ser «extremadamente superior» al hombre, camino de diosa, mientras el varón se desliza hacia la servidumbre. No es un bulo de redes. Es un planteamiento que se defiende con una lista de ventajas concretas —dinero, sexo, fama— y que en el momento en que se publica recibe un aluvión de respuestas. La discusión, que se prolonga durante más de seiscientos días, acaba convertida en un retrato bastante preciso de cómo se pelea hoy sobre género, dinero y estatus.
El punto de partida es una enumeración. Ellas obtienen dinero del hombre «de manera gratuita», tienen la opción de facturar en plataformas de contenido para adultos y acceden a empleos con facilidad; ellos compiten por trabajos peores y ascensos más caros. En el amor y el sexo, la asimetría se da por obvia. En la fama, basta un escote y un par de fotos. El autor del mensaje inicial no pide matices: quien lo niegue, dice, es un
simp que no quiere salir del armario.
Qué sostiene exactamente la tesis del modo fácil
El argumento central es económico antes que sentimental. Se afirma que la mujer recibe dinero del hombre sin contraprestación —del esposo, del novio, de los amigos— y que además dispone de una vía de ingresos que el varón no puede replicar: una cuenta en una plataforma de suscripción para adultos, con la privacidad protegida por ley en caso de filtración. Frente a eso, se sostiene que un hombre con la misma iniciativa no facturaría nada.
La segunda pata es laboral. Según esta lectura, cualquier mujer accede a un puesto de secretaria, gana mucho haciendo poco y asciende con facilidad, mientras el hombre trabaja en serio y no asciende ni esforzándose. La tercera es la fama: un perfil con un par de fotografías sugerentes reúne cientos de miles de seguidores, y un canal de guitarra amateur con escote multiplica las visitas. La cuarta, el sexo: una mujer de atractivo medio, se dice, tiene a cualquier hombre a sus pies; un hombre de diez sobre diez sigue sin tenerlo fácil.
El cierre del planteamiento es una advertencia: no es una conspiración, es una realidad indiscutible, y quien no la ve está perdido.
La respuesta inmediata: independencia económica y divorcio
La primera réplica no tarda y va directa al bolsillo. Buena parte de las mujeres, se responde, no necesitan que nadie les pague nada: viven solas, trabajan y sostienen su casa con su sueldo. La independencia económica se presenta como norma, no como excepción, y se añade un dato que el mensaje inicial no contempla: el divorcio. «No sacamos tanto dinero estando con un hombre como cuando nos lo quitamos de encima», resume una de las intervenciones, que sitúa la separación como la operación patrimonial más rentable.
La contraofensiva sube de tono. Se acusa al autor del mensaje inicial de escribir desde el resentimiento, de no conseguir lo que quisiera y de competir, en el fondo, por un puesto que no le corresponde. Y aparece una idea que recorre todo el intercambio: hay hombres alineados con su papel de proveedor que encuentran realización en complacer, y hombres que compiten con las mujeres por la posición de princesa.
El contraargumento que desmonta la tesis: patrimonio y multimillonarios
La refutación más incómoda para el relato del modo fácil no es moral, es estadística. Los hombres, se argumenta, siguen ganando más, acumulando más patrimonio y copando la práctica totalidad de las grandes fortunas del país. El porcentaje reducido de mujeres en la cima procede, según esta lectura, de herencias, divorcios o cuotas, salvo contadas excepciones.
De ahí se extrae una conclusión dura: el problema no es la realidad, sino la percepción. Quien sostiene que las mujeres son dioses y los hombres esclavos se ha convertido, se le espeta, en un «castrati mental». Y el consejo es tan simple como brutal: dejar de escribir y ponerse a trabajar. El argumento de fondo es que las mujeres que se venden por su apariencia lo hacen porque el sistema lo permite, y eso define mejor el absurdo del planteamiento que cualquier soflama.
El Estado como sustituto del proveedor
Hay una línea de análisis que eleva la discusión por encima del rifirrafe. Se cita al filósofo Bertrand Russell para sostener que la familia funcionaba antes como un intercambio: el hombre aportaba y la mujer correspondía con otras tareas. Con el tiempo, el Estado habría ido ocupando el lugar del hombre hasta expulsarlo de su función, de modo que lo que antes daba el varón a cambio de algo, ahora se le quita por la vía fiscal y se entrega gratis. La familia, en esta versión, ya no es padre, madre, hijos y abuelos, sino madre, hijos y Estado.
La consecuencia que se subraya es la asimetría de incentivos: si no hay consecuencias tras una infidelidad o un divorcio, el equilibrio se rompe. Es la versión económica del agravio, y conecta con la queja sobre las leyes y el feminismo que el mensaje inicial dejaba aparcada.
Las voces que matizan: carga emocional y biografía
No todo es confrontación. Una de las intervenciones más valoradas concede razón al diagnóstico pero introduce un matiz incómodo: vivir dentro de una tormenta emocional permanente es una penalidad, frente a la estabilidad que se atribuye al varón. Se apunta a una supuesta dificultad femenina para el mundo abstracto de las ideas, con el resultado de decisiones malas cuyas consecuencias estallan cuando ya no hay marcha atrás. Hay muchas mujeres sin vida, deprimidas, desquiciadas, se afirma.
Otra línea señala que desde la cuna se las mima y que, de vivir la vida de un hombre medio, la mitad se suicidaría. Y una tercera recuerda que también existe la mujer fea, vieja o sin atractivo, para la que el juego no es fácil, y que de ese resentimiento nacería el feminismo. La mujer atractiva, se añade, dominaba el juego incluso más que ahora: hace cincuenta años ni siquiera tenía que trabajar.
Dónde se atasca la discusión
El intercambio deriva hacia el insulto y hacia la burla sobre la vida sexual ajena, con pullas sobre la soledad, la masturbación y la supuesta amargura de quien discute. Aparecen también descalificaciones personales que no aportan nada al fondo. En medio del ruido, el diagnóstico inicial sigue sin resolverse: si las mujeres están tan arriba y los hombres tan abajo, no se explica por qué las grandes fortunas, los sueldos altos y los puestos de mando siguen concentrados en manos masculinas. Tampoco se explica por qué, si el modo fácil es tan fácil, hay tanta mujer sola, cansada y sin red. La conversación termina donde empezó: cada parte convencida de que la otra vive mejor.