El exclavizador de mentes
Será en Octubre
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Una oficial de policía de Penza, Olesya Adamova, presionaba a hombres para que firmaran contratos con el Ministerio de Defensa prometiéndoles servicio en la retaguardia y amenazándolos con detenerlos si se negaban. Una de las familias asegura que el hombre que firmó tras esas promesas fue dado por desaparecido dos meses después.
En Penza, una ciudad rusa a unos 600 kilómetros al sureste de Moscú, una oficial de policía llamada Olesya Adamova se presentaba ante los vecinos como la pareja civil de un empleado del centro de reclutamiento, Alexei Akimov, para convencer a los hombres de que firmaran contratos con el Ministerio de Defensa. Según los testimonios de varias vecinas, la oficial les prometía destinos en la retaguardia o en unidades de drones. A quienes se negaban, les advertía de que irían a sus casas con el pretexto de una queja de los vecinos y se los llevarían.
A las mujeres que preguntaban, Adamova les aseguraba que todo sería justo y que ella se pondría de acuerdo con Akimov para que los hombres pudieran elegir su lugar de servicio. Cuando una de las entrevistadas mencionó que había leído sobre el envío forzado a unidades de asalto, la oficial le aconsejó que no creyera en internet. La promesa de retaguardia funcionaba como anzuelo: un destino tranquilo, lejos del frente, a cambio de una firma.
Una de las vecinas contó que su esposo fue persuadido para firmar con esa promesa de servicio en la retaguardia. Dos meses después, fue dado por desaparecido. Desde entonces, la familia no sabe nada de él. El caso ilustra el salto entre lo prometido en el momento de la firma y lo que ocurre después con el recluta.
Akimov no era un desconocido en las historias sobre envío forzado a la guerra. Los familiares de Dmitry, un joven de 22 años, contaron que el empleado del centro de reclutamiento lo amenazó con enviarlo a las unidades de asalto por una infracción administrativa. Según la hermana del joven, se abrió un caso penal contra Akimov y la fiscalía militar informó de que estaba bajo una orden de no salir del país.
La policía local ha declarado que sus empleados no participan en la captura de hombres. Esa versión choca con los testimonios recogidos en Penza, donde una de sus oficiales aparece como la cara visible de la presión. La contradicción entre el discurso oficial y lo que cuentan las familias es el núcleo del asunto.
El relato describe dos caminos para el hombre que duda. Si acepta, se le promete retaguardia y puede acabar en una unidad de asalto. Si rechaza, se le busca una razón para acusarlo y encerrarlo. Las vecinas sostienen que estos agentes reciben primas por cada hombre al que convencen, un incentivo económico que explicaría la insistencia. Conviene tratar esas afirmaciones con cautela: proceden de testimonios de residentes y no de una investigación judicial concluida.
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