Muere José Mujica, el presidente que vivió como predicó
José Mujica, expresidente de Uruguay, ha fallecido a los 89 años. La noticia, difundida por medios internacionales, ha desatado una tormenta de reacciones que trasciende la política uruguaya y se instala en el corazón del debate público español. No es para menos: Mujica fue, para sus defensores, el ejemplo de que se puede pasar por el poder sin cambiar de vida; para sus críticos, la prueba de que el romanticismo de la izquierda puede blanquear un pasado violento. Ambos relatos conviven en la misma conversación y ninguno cede.
Un expresidente que no cambió de vida
El primer punto de consenso, incluso entre quienes no comparten su ideología, es que Mujica mantuvo una coherencia personal poco habitual. Vivió en una casa sencilla, se desplazó en un coche viejo y rechazó los fastos del cargo. Quienes lo defendieron en vida lo presentaron como un ejemplo de austeridad, y esa imagen se ha reforzado tras su muerte. Hay quien sostiene que ese estilo de vida no era un gesto, sino una consecuencia lógica de su forma de entender la política. En contra pesa el argumento de que la austeridad personal no exime de responsabilidad por las decisiones de gobierno.
El pasado que no se borra
La otra cara de la moneda es su militancia en el movimiento tupamaro, que la oposición uruguaya y buena parte de la derecha española no ha dejado de recordar. Se le atribuyen, según esas versiones, acciones armadas y atracos durante su etapa insurgente. Mujica nunca renegó de ese pasado, pero tampoco lo detalló. Esa ambigüedad alimenta la controversia: para unos es un ejemplo de redención; para otros, una mancha que ninguna obra posterior puede tapar. La discusión sobre si un expresidente puede ser recordado por su etapa guerrillera sin que eso opaque su gestión es, probablemente, la más enconada.
Las leyes que marcaron su gobierno
Durante su mandato (2010-2015) se aprobaron leyes que situaron a Uruguay en la vanguardia de América Latina: el matrimonio igualitario, la despenalización del aborto y la legalización de la marihuana. Quienes defienden su legado las presentan como avances sociales; quienes lo critican las consideran una imposición ideológica. En cualquier caso, son el núcleo de su huella política y explican por qué su figura genera tanta admiración fuera de Uruguay como rechazo dentro de ciertos sectores.
El filósofo de la palabra sencilla
Mujica se hizo popular por sus discursos breves y directos, que muchos calificaron de filosóficos. Hablaba de la pobreza, del consumismo y de la libertad con un lenguaje que conectaba con la gente. Esa faceta le granjeó simpatías más allá de la política. Sin embargo, no todos compran ese perfil: hay quien lo considera un personaje construido por los medios, un «viejo pelma» que decía obviedades con tono solemne. La división entre quienes ven sabiduría y quienes ven pose es otra de las grietas que la noticia ha reabierto.
Reacciones divididas en España
La muerte de Mujica ha provocado reacciones que van del elogio fúnebre al insulto. Desde quienes le dedican un «DEP» sin más, hasta quienes celebran su muerte con comentarios despectivos. En medio, voces que reconocen su coherencia pero critican su pasado. La conversación refleja una polarización que no es exclusiva de España, pero que aquí se manifiesta con especial crudeza. La figura de Mujica se ha convertido en un espejo en el que cada bando proyecta sus propias filias y fobias.
¿Qué queda de Mujica? Un legado complejo, imposible de reducir a una etiqueta. Su muerte cierra una vida, pero no el debate sobre su figura. Con estos mimbres, es previsible que la discusión se reavive cada vez que se mencione su nombre. Y que, como ahora, nadie se ponga de acuerdo.