Muere James Watson, el Nobel al que la genética oficial dio la espalda
El 7 de noviembre falleció a los 97 años James Watson, el biólogo estadounidense que en 1953 desentrañó junto a Francis Crick y Maurice Wilkins la estructura de doble hélice del ADN, el hallazgo que abrió la puerta a entender cómo se replica la información genética y que le valió el Nobel de Medicina en 1962. La noticia de su muerte ha reabierto una herida que la comunidad científica llevaba décadas intentando cerrar a martillazos: la de un premio Nobel al que se le retiraron todos sus títulos honoríficos por sostener, sin pruebas y contra el consenso, que existen diferencias genéticas de inteligencia entre grupos raciales.
Qué dijo Watson sobre raza e inteligencia
En 2007, cuando trabajaba en el laboratorio Cavendish de la Universidad de Cambridge, Watson declaró al
Sunday Times que era «pesimista respecto al futuro de África» porque «todas nuestras políticas sociales están basadas en el hecho de que su inteligencia es la misma que la de los blancos, cuando todas las pruebas indican que en realidad no es así». Añadió que, aunque deseaba que todo el mundo fuera igual, «la gente que ha tenido que tratar con trabajadores negros encuentra que eso no es verdad».
La reacción fue inmediata. El Museo de Ciencia de Londres canceló una conferencia suya y el laboratorio Cold Spring Harbor, donde trabajó durante décadas, lo suspendió temporalmente antes de destituirlo como rector. Ese mismo año se desdijo en la sede de la Sociedad Real británica: «A todos los que dedujeron de lo que dije que África, como continente, es genéticamente inferior, les pido disculpas. No hay base científica para aseverarlo». También intentó derivar la culpa hacia el diario, que ratificó la entrevista grabada.
La retirada de títulos que lo cambió todo
La disculpa le permitió conservar sus cargos como rector emérito y profesor emérito. Hasta 2019. En el documental
American Masters: Decoding Watson, emitido por PBS, el científico afirmó que su visión sobre raza e inteligencia no había cambiado. El Cold Spring Harbor calificó entonces sus declaraciones de «reprensibles» y «sin respaldo científico», le retiró todos los títulos y rompió cualquier vínculo con él. Para entonces Watson superaba los 90 años, se recuperaba de un accidente automovilístico y, según medios estadounidenses, tenía una conciencia «muy mínima» de su entorno.
La subasta del Nobel y la sombra de la cancelación
En 2014, Watson ya había sido noticia por subastar su medalla del Nobel, la primera vez que un galardonado hacía algo así. Un multimillonario ruso pagó 4,8 millones de dólares y se la devolvió inmediatamente. Watson dijo entonces que quería destinar parte de las ganancias a financiar proyectos en el Cold Spring Harbor, la Universidad de Chicago y el Clare College de Cambridge, y denunció que había sido excluido de la comunidad científica tras sus comentarios sobre raza.
Su figura ha quedado atrapada en esa tensión. Una parte del análisis sostiene que su caso demuestra que la ciencia no admite disidencias cuando tocan tabúes ideológicos; otra recuerda que sus afirmaciones nunca contaron con respaldo empírico y que la genética de poblaciones no permite extraer conclusiones de inteligencia por grupos. El propio Watson, nacido en Chicago en 1928, hijo de descendientes de colonos ingleses, escoceses e irlandeses, obtuvo una beca a los 15 años para la Universidad de Chicago. El resto es historia. Y una pregunta incómoda: ¿cuánto de su legado científico sobrevive a la persona?