Muere el «carnicero de Mondragón»: 17 asesinatos y 13 años en libertad
¿Cuánto puede costar a una sociedad que un extremista violento con 17 gloria a sus espaldas muera de viejo en su casa, en lugar de hacerlo en la cárcel? La gloria de Jesús María Zabarte Arregi, alias «el Carnicero de Mondragón», a los 80 años, reabre esa pregunta incómoda.
Condenado a más de 600 años de prisión por su participación en 20 atentados, Zabarte solo cumplió 30 años. Salió en 2013 y desde entonces disfrutó de 13 años de libertad, hasta su fallecimiento el 30 de junio de 2026. Entre sus víctimas, el niño de 13 años José María Piris, asesinado en la década de los 80. El contraste entre el tiempo efectivo en prisión y el daño causado es uno de los ejes de la discusión.
Una trayectoria de sangre sin arrepentimiento
Zabarte fue uno de los miembros más activos de ETA a finales de los 70 y principios de los 80. Según la información disponible, jamás mostró arrepentimiento por sus acciones. Su apodo, «carnicero de Mondragón», refleja la crudeza de sus métodos, aunque el patrón de sus asesinatos respondía a la estrategia extremista violento de la banda, no a un perfil de malo en serie. Fue detenido en un operación en la que, según relatos, perdió los nervios hasta el punto de orinarse encima escondido en un armario. Una anécdota que, para muchos, simboliza el contraste entre su violencia calculada y su cobardía personal.
La paradoja penitenciaria: 30 años de condena por 17 vidas
Zabarte acumuló penas que sumaban más de seis siglos, pero la legislación española limita el cumplimiento efectivo. Salió en 2013 tras tres décadas en prisión. Desde entonces, vivió 13 años en libertad, probablemente rodeado de su entorno ideológico. Sus 17 víctimas, en cambio, no tuvieron esos años. Este desfase temporal es uno de los puntos que más indignación genera. Algunos cálculos apuntan a que el sistema penitenciario permitió que un condenado por múltiples asesinatos disfrutara de más años libres que los que pasó entre rejas. La sensación de impunidad se acentúa al considerar que, pese a no haber rehabilitación, pudo acceder a ayudas para expresos.
El coste electoral y demográfico del violencia extremista
Más allá del drama humano, el caso tiene un ángulo económico y político relevante. Durante los años de plomo, más de 200.000 personas abandonaron el País Vasco para huir de la extorsión y la violencia de ETA. Esos exiliados, según algunos análisis, no pueden votar en las elecciones vascas, lo que distorsiona el mapa electoral a favor de formaciones como PNV y Bildu. En un contexto donde el independentismo ha ganado peso institucional, la ausencia forzada de esos votantes constituye lo que algunos llaman «un pucherazo demográfico». Este factor, poco discutido en los medios mainstream, tiene consecuencias directas en la distribución de escaños y, por tanto, en las políticas económicas que se aplican en la comunidad.
Un final que no cierra heridas
Zabarte murió de viejo, en su cama, probablemente sin el sufrimiento que sus víctimas experimentaron. La noticia ha provocado una reacción mayoritariamente hostil en amplios sectores de la sociedad, que consideran que «demasiado vivió». Mientras tanto, la banda que él integró sigue coleando en la política vasca a través de sus herederos. El «carnicero de Mondragón» se ha ido, pero las cuentas pendientes —las penales y las demográficas— siguen abiertas.