España encadena dos años liderando el consumo de ansiolíticos
¿Por qué se ha normalizado salir de la farmacia con una caja de ansiolíticos bajo el brazo? La escena se repite cada tarde: uno espera su turno y escucha, dos puestos más allá, un pedido de benzodiacepinas. Lo que empieza como impresión personal acaba siendo un patrón. Detrás no hay una mala racha individual, sino un fenómeno de masas que mezcla economía, trabajo y salud mental, y que el relato oficial despacha con la etiqueta de «malestar emocional» sin tocar ninguna de sus causas.
España, primer país del mundo en consumo de ansiolíticos
El dato que más circula es contundente: España encadena
dos años consecutivos como número uno mundial en consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Desde el arranque de la pandemia, el recurso a estas pastillas se habría
multiplicado por tres. No hay desglose por comunidades ni por tramos de edad en las cifras que se manejan, y conviene leerlas como lo que son, un indicador grueso. Pero el patrón encaja con lo que cualquiera ve en una sala de espera.
El resto de la fotografía no acompaña:
primer puesto en benzodiacepinas, quinto en cocaína, segundo de Europa en divorcios y décimo del mundo en paro. Son rankings distintos, con metodologías distintas, y compararlos entre sí es un ejercicio tramposo. Ahora bien, cuando cuatro termómetros diferentes marcan lo mismo, lo raro es discutir la fiebre.
Por qué la ansiedad crece cuando la economía se atasca
Hay una explicación que gana peso: la ansiedad tiene base material.
Subida de alimentos, combustible y electricidad, empleos que penden de un hilo, ajustes de plantilla que cambian veteranos por precarios. Un despido no es solo perder un sueldo; es perder la red que sostenía todo lo demás. La impotencia, cuando se acumula, se convierte en decaimiento y luego en baja.
A eso se suma el desgaste diario. Hay quien describe semanas de reuniones inútiles y correos sobre asuntos que no le van ni le vienen, con la sensación de que la vida se escapa entre tareas que no dejan nada. Cuando el trabajo agobia y la casa no compensa, el margen para
remar se estrecha. No hace falta un trauma para acabar con el pecho bloqueado: basta con que la cuenta atrás no pare.
La otra lectura, más incómoda, apunta a una sociedad acomodada que puede permitirse estar deprimida. Un sistema que desincentiva la superación, bombardea con miedo e injusticia ajena y después vende la píldora como solución. Las dos explicaciones no se excluyen: la precariedad y la desorientación caben en el mismo diagnóstico.
Qué se está haciendo sin receta contra la ansiedad
Frente al frasco, buena parte de las respuestas que se comparten son de andar por casa.
Respiración diafragmática lenta y relajación muscular progresiva. Métodos de respiración rápida con apnea final, los que popularizó la inmersión en agua fría, que activa la circulación cutánea y, según quienes lo practican, alivia la carga sobre el corazón. La respiración bien ejecutada, dicen, actúa directa sobre el sistema nervioso.
También aparecen remedios más terrenales:
huerto, bici y naturaleza. Cuatro horas a solas pedaleando valdrían más que una tarde de sofá, y hay quien no duda en abrazar un árbol aunque suene a
magufada hasta que se prueba. El corte más clásico: reducir estímulos, marcar objetivos, soltar el móvil y no dejar que las redes dicten el estado de ánimo. Nadie promete milagros; todos hablan de hábitos.
El problema de fondo: pastillas para tapar, no para resolver
La crítica más sólida no va contra quien toma medicación, sino contra el uso indiscriminado. Un ansiolítico calma el síntoma; el problema que lo provocó sigue donde estaba. La hipoteca, el vecino, el contrato temporal: nada de eso desaparece con una pastilla. Y la frontera entre tratamiento y dependencia se cruza sin avisar, a base de recetas encadenadas.
Hay quien recuerda haberse pasado meses de baja y notar la mejoría a los dos días de dejar de trabajar. Eso no significa que la ansiedad sea un invento, ni que quien la sufre no necesite ayuda profesional. Significa que el origen importa, que las causas no se recetan y que tratar solo el síntoma es un negocio redondo para quien lo vende.
¿Es España un país de enfermos o de resignados?
El diagnóstico social se parte en dos. Unos hablan de un país que traga con todo sin rebelarse y convierte la impotencia en depresión. Otros ven un problema de hábitos, de exceso de comodidad y de una generación educada en la vulnerabilidad como virtud. Ninguna de las dos tesis explica a quien no llega a fin de mes.
Que España sea líder mundial en algo debería ser motivo de orgullo. Que lo sea en consumo de ansiolíticos, y dos años seguidos, es la medalla que nadie va a colgarse al cuello.