Club de la lucha: autodefensa gratis con jerarquía de vendas
Un método de autodefensa sin cuotas, sin federación y sin seguro. Así arranca la propuesta que un instructor con título de preparador físico deportivo lanzó para montar grupos locales de práctica de combate real, con un sistema de grados por colores de venda y una autoridad final reservada a su fundador. La idea, según su propio autor, no es defender España ni organizar campamentos paramilitares: es
defenderse a uno mismo o pasar una buena tarde.
El planteamiento parte de una premisa incómoda para el sector: no se puede aprender a pelear sin pelear. Diez años de katas sobre oponentes colaboradores no sirven de nada cuando llega el momento real, sostiene el promotor, que está escribiendo un libro sobre autodefensa y ve en estos grupos una forma de probar el método sobre el terreno. Cada responsable de zona asume el papel sin cobrar, sin responsabilidad legal y con la obligación de filtrar a quien llega buscando medirse.
Qué grados hay y qué permite cada venda
El sistema se organiza en cuatro niveles identificados por el color de las vendas de las manos, que cuestan unos dos euros. No miden habilidad, sino jerarquía en la sala. Las
vendas blancas son los recién llegados: no pueden pelear sin supervisión salvo con vendas azules, a quienes se presupone control suficiente para manejar al novato sin dañarlo. Entre blancas sí pueden cruzar combate con cuchillo, pero de esterilla doblada y compactada con cinta americana.
Las
vendas rojas ya se desenvuelven y tienen autocontrol: pelean entre ellas y con azules, nunca con blancas. Las
vendas azules son los responsables del grupo, con autoridad para supervisar, llamar la atención y expulsar. Las
vendas negras solo las ostenta el fundador, que admite no ser más hábil: quiere reservarse la autoridad máxima para que su idea, si funciona, no caiga en manos de quien lucre con ella.
Por qué el equipo corre a cargo de cada uno
La actividad es gratuita y no reglada. Cada participante se provee su propio material: guantillas y casco de barra por menos de
40 euros, según el cálculo que maneja el promotor. La lógica es que cada uno sea responsable de su seguridad, porque el cuerpo humano se rompe con facilidad incluso con cuidado. Un principiante que siente miedo tiende a subir la intensidad y a reaccionar de forma peligrosa, de ahí que no deba enfrentarse a otro novato sin acondicionamiento previo.
El filtro de entrada es la primera barrera. El ideal es montar el grupo con gente de confianza, pero cuando aparecen desconocidos con ganas de demostrar algo, el responsable debe negarles la entrada sin entrar en provocaciones ni aceptar combates con extraños. La experiencia acumulada en actividades similares en casales de barrio apunta en la misma dirección: al conflictivo se le invita a marcharse.
La supervisión como filtro de seguridad
El instructor no es maestro de nadie: el maestro es el combate. Cualquiera puede compartir técnicas con quien quiera aprenderlas, y lo que funcione se depurará en el sparring. La jerarquía no responde al ego sino a la seguridad, porque un instructor sin cabeza arruina una sala entera. La propuesta reconoce que se puede noquear a alguien incluso con protecciones, y que el compañerismo y el control son condiciones no negociables.
Hay quien ve en todo esto una tapadera para otra cosa, y quien directamente lo despacha con ironía. También aparece la sospecha de que la práctica marcial ha perdido interés general. Frente a eso, el promotor responde con un argumento de coste de oportunidad: en otros países es normal ver a hombres saludables calzarse los guantes en un parque, mientras aquí se opta por patinar a los 40 o apuntarse a clases de salsa.
Quién puede entrar y quién se queda fuera
La propuesta admite perfiles muy distintos. Un participante que se define con sobrepeso pregunta cómo se recibe a alguien en esa situación, y la respuesta no es un sí automático: se advierte de mayor riesgo cardiovascular y articular, y se recomienda cuidarse antes de meterse en combate pleno. Otro aporta que ya entrenó desde los ocho años con protecciones de taekwondo y que el obstáculo no es la técnica, sino la falta de un grupo organizado por zonas.
La coordinación se canaliza a través de una herramienta de mensajería con subgrupos por área geográfica. El cuello de botella reconocido es la parte técnica para novatos absolutos: falta ilustración para los capítulos y el autor escribe a gran velocidad, pero no dibuja. Mientras no aparezca un ilustrador dispuesto a trabajar gratis o aprenda él mismo, los manuales se quedan a medias.
La conversación derivó hacia otros asuntos: la conveniencia de golpear con la base de la palma en lugar del puño, el riesgo de llevar una espada por la calle sin acabar con un agente detrás, o la posibilidad de montar acampadas de supervivencia suave en la montaña. También hubo quien propuso ocupar casas y fabricar bombas, y quien respondió que ese es otro negocio: el de promotores que organizan peleas donde solo ellos ganan. El proyecto, en su segunda fase, tiene nombre propio y no es precisamente tranquilizador.