Monedas de plata sin premium: pagar el metal, no el relato
Comprar plata física al precio más cercano posible al spot es, sobre el papel, sencillo: onzas de 999 milésimas, 31,1 gramos, tiradas enormes y diseños que apenas cambian de un año a otro. Ahí están la Wiener Philharmoniker austríaca, la Libertad mexicana, la Maple Leaf canadiense y la American Silver Eagle estadounidense. El facial es anecdótico —1,5 euros en el caso austríaco—, lo que importa es que dentro hay una onza troy de metal. Se venden en tubos de 20 o 25 unidades, sin cápsula, y su función no es decorar una vitrina: es guardar metal y esperar.
La trampa está en el sobreprecio. En inglés, premium significa simplemente sobreprecio; en español se ha convertido en «sobreprecio alto». Sobre el precio del Comex se añaden costes de fabricación, distribución, IVA y margen del vendedor. La consecuencia es una horquilla de compraventa que en España se come buena parte del atractivo: quien compra y vende el mismo día puede perder un porcentaje notable, y ese porcentaje no lo arregla ningún gráfico.
Qué diferencia a una bullion de una proof o un round
El escalón superior lo ocupan las
proof, acabado espejo y vocación coleccionable, con tiradas cortas y primas que se disparan. Un peldaño por debajo están los
rounds: onzas de plata acuñadas por empresas privadas que no son moneda de curso legal, aunque su pureza sea idéntica. En medio queda el bullion puro y duro, el que se compra por kilos y se almacena en tubos.
Hay quien sostiene que conviene ampliar la lista con piezas como el dólar de las Islas Cook, los 500 dram armenios de la serie Arche Noah —fabricados en Alemania y con un diseño celebrado— o el diner andorrano. El problema, señalan otras voces, es que una moneda solo demuestra que no lleva prima si repite diseño y formato durante varios años; con una sola emisión no hay serie, hay apuesta.
El IVA y el spread: por qué la plata no es oro
Aquí aparece el dato que desmonta muchas ensoñaciones. En España la plata soporta un 18% de IVA; en Alemania, un 7%; en Austria, un 20%. El oro, en cambio, está exento en la Unión Europea. Esa asimetría fiscal explica por qué los distribuidores aplican márgenes más amplios a la plata que al oro y por qué el mismo producto cuesta distinto según la frontera. Cualquier estrategia que consista en comprar en un país y cruzar la frontera con los tubos en el maletero choca con el IVA y con los controles de capital: a partir de 10.000 euros hay obligación de declarar, y el cálculo se hace por valor del metal, no por el facial impreso en la moneda.
La revalorización de algunas emisiones ha sido real. La Noah's Ark de 5 onzas de 2011 desapareció del mercado casi de un día para otro y pasó a cotizar por encima de los 150 euros cuando antes se movía entre 130 y 135. La de 10 onzas de 2012 se acuñó en 2.003 unidades y la de 5 onzas en 3.550. Son cifras que invitan a pensar en escasez, aunque conviene recordar que la escasez solo vale lo que alguien esté dispuesto a pagar por ella.
Bullionistas contra coleccionistas: dos formas de mirar la misma onza
El perfil del comprador puro de bullion ignora diseños, tiradas y marcas de ceca. Quiere metal al menor coste posible y asume que nunca lo conseguirá exactamente al spot. Frente a él, otro perfil ha superado esa etapa y compra monedas variadas, completa series y paga primas por acabados concretos. No son enemigos: son dos momentos distintos del mismo recorrido.
La propia Royal Canadian Mint ha movido ficha. La Maple Leaf de 2014 incorporó un nuevo acabado con líneas radiales y una marca de seguridad, en un intento de resolver de una vez el problema de las manchas lechosas que arrastraban las emisiones anteriores. La Perth Mint, por su parte, lanzó la Saltwater Crocodile en tubos de 25 unidades y a precio de tri-pack, buscando su propia bullion sin prima. La elección del animal generó dudas: ya existía una versión premium del mismo cocodrilo, y solapar dos productos con el mismo motivo no parecía la mejor estrategia comercial.
Cómo se mide de verdad el valor de una onza
El error de principiante consiste en mirar solo el precio de compra y confundirlo con el valor. El segundo error es creer que el valor de una moneda lo fija el Comex. Lo que mide el interés real de una pieza es la horquilla entre lo que cuesta comprarla y lo que te dan por venderla en el mismo instante. Si esa diferencia es amplia, la moneda es un mal vehículo por muy bonita que sea.
Ahí entra en juego el tipo de intermediario. Un numismático paga mejor una pieza con prima porque su cliente final es el coleccionista. Un distribuidor de metales paga en función del metal. Elegir mal el canal de salida puede costar más que haber pagado unos euros de más en la entrada.
¿Y si la plata cae? Entonces caen las monedas. Es la desventaja asumida desde el primer día y no hay acabado espejo que la tape.