La guerra estética contra las modas que definen la década
Hay un momento en que la moda deja de ser una elección y se convierte en un marcador social. En las últimas semanas, una conversación sobre las tendencias actuales ha puesto sobre la mesa un catálogo de desagrado que va más allá del gusto personal: tatuajes, reguetón, patinetes eléctricos, pantalones caídos y un lenguaje que parece salido de un videojuego. No es una queja estética; es un diagnóstico generacional.
El catálogo del desagrado: de la tinta a la gorra
El consenso más amplio apunta a los tatuajes como la moda más irritante. No es solo la estética: hay quien señala el riesgo sanitario de las tintas que pasan al sistema circulatorio. Le siguen el reguetón y el trap, la música que muchos consideran un síntoma de degradación cultural, y los patinetes eléctricos, que han pasado de ser una curiosidad a un problema de seguridad vial. Un usuario relataba haber sido atropellado por uno de estos vehículos en un paso de peatones, con el conductor dándose a la fuga.
La lista se extiende con minuciosidad obsesiva: las gorras de estilo pandillero, las gafas de pasta que ahora se llevan como accesorio de moda, el pelo rapado en los laterales, las chanclas con calcetines, los pantalones que dejan ver la ropa interior, las sillas gamer en dormitorios diminutos y las camisetas de equipos de fútbol en adultos. Hay una categoría propia para el lenguaje: el uso de «bro», «farmeando aura» o «me vuela la cabeza» como muletillas que delatan pertenencia a una tribu.
La brecha generacional: ¿carrozas o decadencia?
La conversación tiene un giro inevitable: la acusación de que todo esto es solo la queja de quien envejece. «Cuando las modas actuales te parecen un horror es porque ya te has convertido en un carroza», se argumenta. La réplica no se hace esperar: la diferencia es que las modas de los años 70 y 80 no implicaban pagar con el móvil una bolsa de pipas ni aplaudir a la gente por hacer su trabajo. Hay quien sostiene que la sociedad está en decadencia y que estas tendencias son el síntoma, no la causa.
El lenguaje como frontera: «bro», «aura» y el fin de la conversación
El lenguaje genera un frente propio. El uso de «bro» con desconocidos, la expresión «farmeando aura» y las fórmulas vacías como «sin más» o «dicho esto» son percibidas como un empobrecimiento comunicativo. Hay quien lo compara con los grupos que bailan en el parque como si fueran coreografías ensayadas, o con los que hablan rápido para parecer interesantes. La queja no es tanto por las palabras, sino por lo que delatan: la sustitución del pensamiento por la fórmula.
El conflicto de la crianza: la guerra de los niños y los perros
El punto más tenso del debate es el que enfrenta a quienes critican la moda de tratar a los perros como hijos y a quienes defienden la educación infantil. Hay quien describe como «degradante» la imagen del zombie politatuado sacando al perro de madrugada mientras mira el móvil. La réplica es feroz: la verdadera degradación es llamar «larvas» a los niños. Un usuario relataba un vuelo de tres horas con un niño de seis años dando patadas al respaldo, sin que la madre interviniera. La conclusión de esa corriente: «Si denunciar esto es ser antiniños, pues vale».
La discusión se atasca ahí. No hay consenso posible entre quienes ven en la permisividad parental el problema y quienes consideran que la sociedad ha desarrollado una hostilidad inédita hacia la infancia. Mientras tanto, el catálogo de modas sigue creciendo: los SUVs, el running, la comida fusión, los nombres de bares como «gastrobar», los influencers hasta en la sopa. La lista es infinita porque el descontento también lo es.