En arqueología, no es fácil definir el concepto de descubridor. Pero haberlos, haylos, al modo de las meigas gallegas. Por ejemplo, ¿quién descubrió las
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Manuel Pimentel
En arqueología, no es fácil definir el concepto de descubridor. Pero haberlos,
haylos, al modo de las meigas gallegas. Por ejemplo, ¿quién descubrió las primeras pinturas rupestres? Pinturas que, por otra parte, habían estado en las paredes de las cuevas desde siempre, a la vista de muchos visitantes que no supieron verlas ni entenderlas hasta que una niña, María, gritara en 1879 aquello de «¡Papá, mira, bueyes!».
Su padre, Marcelino Sanz de Sautuola, no dudó: se trataban de pinturas de artistas prehistóricos. Acababa de descubrir el arte rupestre, primero criticado y después avalado por los eruditos franceses. Fue el descubridor de las pinturas porque fue el primero que supo «verlas» y entenderlas. Nadie, antes, las había «visto» y publicado. En esa lógica,
¿quién fue el descubridor de Tarteso, la primera civilización de occidente cantada por la Biblia y los clásicos?
Doctores tiene la iglesia, pero a mi modesto entender, el verdadero descubridor de Tarteso fue Juan de Mata Carriazo y Arroquia (1899-1989), arqueólogo sevillano nacido en Jódar, Jaén. Persona admirada y querida en la Baja Andalucía, no tiene, en la actualidad, el reconocimiento científico que se merece. Fue el primero que supo «ver» Tarteso, su descubridor, el que creó, en verdad, la arqueología tartésica.
Es cierto que antes, grandes nombres como
Schulten, Bonsor y Blázquez habían escrito sobre la ciudad mítica, basándose, sobre todo, en fuentes clásicas. Schulten y Bonsor excavaron infructuosamente en el Cerro del Trigo, en Doñana, en búsqueda de la ciudad perdida. No la encontraron. Tarteso permanecía en el limbo de los mitos que bien podían ser realidad, pero que no terminaban de serlo. No llegaba la prueba que lo confirmara.
La obra más influyente, sin duda alguna, fue el
Tartessos de Schulten, publicada por vez primera en alemán en 1922, traducida al español en 1924, por Revista de Occidente. En 2024, Almuzara publicó una nueva traducción de la obra desde el original alemán, con prólogo de Sebastián Celestino, que sigue siendo una referencia obligada, a pesar de encontrarse supurada en muchos de sus postulados. Otras eminencias, como García Bellido, César Pemán, José Chocomeli o Maluquer de Motes también elucubraron sobre la localización de la capital tartesia, acá o allá, pero en base a criterios filológicos de los textos griegos y latinos.
Tarteso, por fin, se «encarnó» ante la mirada de Carriazo con el hallazgo, en 1958, del fastuoso tesoro del Carambolo, en el que supo «ver» Tarteso. De manera firme y osada, postuló que se trataba de un tesoro tartésico, lo excavó y lo publicó. Tarteso dejaba de ser patrimonio de mitólogos y de filólogos clásicos para convertirse en materia arqueológica.
«Menos Avieno y más pisar el terreno», gritaron los jóvenes arqueólogos reunidos en Jerez en 1969 en un Simposio que tuvo a
Tartessos y sus problemas como protagonista. Tarteso ya no era un mito, sino una realidad histórica que la arqueología debía desvelar.
Un descubrimiento casual, previo al del Carambolo, había abonado la mirada de Carriazo.
Aparte de erudición y de «saber ver», tuvo suerte. Le gustaba pasear entre los puestos de chamarileros y chatarreros del
Jueves, un popular mercadillo sevillano que se celebra semanalmente en la calle Feria. Fue a principios de la década de los cincuenta del pasado siglo, cuando, una pieza singular le llamó la atención. Entre el material recién expuesto por uno de los chatarreros advirtió una especie de broche que representaba a Astarté con los brazos elevados y franqueados por dos anátidas.
Supo que estaba ante un descubrimiento importante, quizás, tartésico o fenicio. Regateó para adquirirlo, sin que le fuera desvelada su procedencia exacta. Parecía que al destino se había confabulado para que la pieza emergiera del olvido. El chatarrero la tuvo olvidada en su almacén durante muchos años y nunca la había puesto a la venta hasta esa misma mañana. Justo cuando la depositaba en el suelo para exponerla, apareció el bueno de Carriazo por allí. Ironías del destino. Fue la casualidad la que le uniría para siempre a una pieza maestra que hoy se expone con todos los honores en el museo de Sevilla.
Maluquer de Motes, la estudió y la bautizó con el nombre de Bronce Carriazo con el que desde entonces se le conoce, datándola entre el VII Y EL VI a.C. En el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York se exponen dos piezas casi idénticas, procedentes del sur de España, que aparecen rotulados como «bocados (de caballo) fenicios occidentales del VII aC». El Bronce Carriazo iniciaba el camino de materialización de Tarteso, que, sin embargo, no tendría lugar hasta la posterior epifanía de El Carambolo.
Carriazo, antes del Carambolo, ya pensaba que debajo del mito existía una antigua y rica civilización, capaz de crear, por ejemplo, joyas como los conocidos candelabros de Lebrija, seis riquísimas piezas de oro puro, de 70 cm de altura, finamente labradas. Fueron descubiertas en 1923 en la finca Higuera del Pintado, en Lebrija, Sevilla. Para Carriazo se trataba de piezas sorprendentes, que hablaban de la riqueza y gusto de sus orfebres. Sin embargo, siempre le extrañó el poco caso que la ciencia le prestaba. En 1963, escribió que no terminaba de comprender como pasaban casi desapercibidos, «como si pesara sobre ellos una maldición, los arqueólogos los han ignorado o los han mencionado solo de paso».
Coincidió con César Pemán en la denuncia de que se encontraran prácticamente inéditos, a pesar de su relevancia. Martín Almagro publicaría, por fin, en 1964,
Los thymateria llamados candelabros de Lebrija. A día de hoy, los candelabros se encuentran custodiados en una caja del Banco de España. Una copia autorizada se expone en el Museo Arqueológico de Madrid y otra en Lebrija, aunque todavía no gozan de la importancia que merecen en la arqueología española.