El negocio invisible del carrito para perros mayores
Que un vecino pasee a su bulldog en un carro ya no es una estampa aislada. Es la punta de lanza de un mercado que crece a doble dígito anual: el del envejecimiento canino. La estampa se repite en las ciudades españolas hasta el punto de que se ven tantos carritos perrunos como cochecitos de bebé: uno por cada dos, según quien ha contado los que pasan por la calle.
¿Calidad de vida o necesidad del dueño?
Aquí se abren dos corrientes. Una sostiene que cuando un perro se niega a andar ha llegado el momento de dejarlo ir. La otra defiende que, adaptando el entorno, el animal puede vivir sus últimos años sin sufrir. El matiz está en el escenario: un perro con casa y corral no es lo mismo que el que va en un carrito de 40 euros comprado en Amazon, arrastrado por el asfalto para que «tome el aire».
El ecosistema comercial de la agonía canina
Detrás hay todo un circuito: veterinarios que alargan agonías, tiendas de rampas, pañales y carros. Los precios van del accesorio básico a las prótesis de 600 euros. El lonchafinismo animal tiene un nicho en expansión y ya no se trata solo de perros sino del vínculo que convierte al animal en un accesorio afectivo. La pregunta incómoda, si el paseo es del perro o del dueño, seguirá abierta. Y la tendencia no va a revertirse sola: pronto los carritos podrían superar a los cochecitos en el censo urbano. Pero eso ya será otra batalla.