El urbanismo informal de Lima: la ciudad que se construye a sí misma
Las imágenes que circulan esta semana dejan poco margen a la poesía: kilómetros de casas de ladrillo visto trepando por los cerros de Lima, sin calles asfaltadas, sin árboles, con un cielo gris que lo envuelve todo. El vídeo, que ha dado la vuelta a las redes, ha reabierto una vieja pregunta: ¿es eso Lima o solo la parte pobre de la capital peruana? Para muchos, esa es precisamente la ciudad real, la que habita la mayoría, no la postal de Miraflores o San Isidro que venden las guías turísticas.
La respuesta no es una sola. El debate se ha movido entre dos extremos: quienes sostienen que la imagen es representativa de un país entero y quienes la acusan de quedarse en el estereotipo. Pero los datos y testimonios que se han manejado dibujan un panorama más complejo que el de la simple foto desgraciada.
Autoconstrucción sin alcantarillado: la norma en los cerros
La descripción que más se repite tiene poco que ver con el «bonico» del titular. En las laderas de Lima no hay plan urbanístico: las familias compran terrenos a la remanguille, construyen con sus propias manos y, en la mayoría de los casos, la casa carece de alcantarillado. El sistema es el pozo séptico. El agua y la electricidad no se pagan, porque no están conectadas a la red: llegan por tendidos aéreos improvisados, incluida la fibra del «internete».
La comparación con España no tarda en aparecer. La imagen de los cerros de Lima se asemeja, salvando las distancias, a lo que fue el cinturón chabolista de Madrid en los años 70 y 80, con la diferencia de que allí la situación se resolvió con políticas públicas y dinero europeo. En el caso peruano, la autoconstrucción no es un fenómeno residual: se calcula que en torno al 80% de la ciudad ha crecido así, y no en los márgenes, sino en el corazón de la metrópoli.
El centralismo como origen: de la reforma agraria al éxodo masivo
Detrás del caos urbanístico, hay una explicación que lleva décadas: el centralismo peruano. Lima concentra casi un tercio de la población del país, y esa hipertrofia no es casual. Como se recuerda en el análisis, la reforma agraria del general Velasco Alvarado, en los años 70, empujó a cientos de miles de campesinos a abandonar el campo y buscar refugio en la capital. Llegaron sin recursos, «a ver qué caía», y ocuparon los cerros que rodean la ciudad. Nacieron así los «pueblos jóvenes», que hoy son barriadas consolidadas pero crónicamente desatendidas.
El resultado es una ciudad partida en dos. En los distritos ricos, la vida transcurre entre muros, rejas y seguridad privada. En los barrios informales, el Estado llega tarde y mal. La diferencia se nota hasta en el precio de la vivienda: quien no ingresa más de 2000 soles al mes, según los testimonios, queda fuera de los circuitos formales y se ve abocado al autoconsumo urbanístico.
Dos modelos de ciudad, una misma pregunta
La discusión de fondo trasciende Lima. Hay quien lo plantea como un dilema entre dos formas de organizar la sociedad: la que impone reglas urbanísticas estrictas y la que deja que cada uno se apañe. En el primer modelo, la ciudad se planifica, se regula y se dota de servicios; en el segundo, la élite se aísla en urbanizaciones blindadas y la mayoría improvisa. España optó por el primer camino, aunque con zonas oscuras. Perú, por el segundo, con todas sus consecuencias.
Y aquí es donde el análisis se atasca. Si el modelo peruano es tan malo, ¿por qué no se ve una reversión? La respuesta podría estar en el propio límite del debate: Lima no es un accidente, es la expresión de un equilibrio de poder que nadie ha querido tocar. Mientras tanto, los cerros siguen creciendo.