Albares convoca al embajador de Italia tras críticas por la gestión de Ceuta
Mientras el ministro de Exteriores español convoca al embajador italiano en Madrid, el foco real de la crisis sigue siendo Jovenlandia. Pero Italia ha levantado la liebre: la libre circulación de ciudadanos españoles en Schengen podría estar en peligro si España no controla sus fronteras. Una paradoja que el Gobierno no quiere admitir.
El motivo del enfado italiano: abandono de la vigilancia fronteriza
Italia ha criticado abiertamente lo que considera un abandono de la responsabilidad española en la protección de las fronteras exteriores de la UE. Según el análisis de varios expertos, la gestión de la inmi gración irregular desde Ceuta está generando un problema de credibilidad entre los socios comunitarios. No es la primera vez que un país del entorno señala a España por su política migratoria, pero sí es una de las más directas: convocar al embajador italiano en lugar de responder al fondo de la crítica revela una estrategia que muchos califican de cortoplacista.
El riesgo real: ¿pueden cerrar Schengen a los españoles?
En el debate se ha lanzado una advertencia que trasciende lo anecdótico: la posibilidad de que otros países Schengen impongan controles fronterizos a ciudadanos españoles. El argumento es que, si España emite pasaportes con facilidad a forasteros sin verificar antecedentes, el valor del documento se deprecia y otros estados adoptarán medidas para protegerse. Aunque suene a especulación, precedentes como la crisis migratoria de 2015 llevaron a reintroducir controles internos en varios países. La diferencia es que entonces el problema era la ruta balcánica; ahora, Ceuta y Melilla.
El elefante en la habitación: Jovenlandia
La mayoría de las críticas coinciden en apuntar a Jovenlandia como el verdadero responsable del flujo migratorio en la frontera ceutí. Sin embargo, el Gobierno español ha optado por no convocar al embajador jovenlandés, sino al italiano. Esta decisión ha sido vista como un gesto de debilidad o de cálculo político, ya que Italia es un socio clave en la UE y, a su vez, un país que sufre presión migratoria en el Mediterráneo central. La pregunta que queda en el aire: ¿por qué Albares no se enfrenta a Jovenlandia y sí a un aliado comunitario?
Con estos ingredientes, no es descabellado pensar que la diplomacia española está atrapada entre dos fuegos: la necesidad de mantener la relación con Jovenlandia y la exigencia de sus socios europeos de cumplir con el control fronterizo. Hasta que no se aborde la raíz del problema en Ceuta, las críticas seguirán llegando. Y con ellas, quizá, restricciones reales a la movilidad de los españoles.