Milei prohíbe el déficit y ata al Banco Central: la reforma estrella
Ayer, Javier Milei presentó el que su Gobierno considera uno de los paquetes de reformas estructurales más importantes de los últimos 91 años. El plan tiene dos patas: reformar el Banco Central para que su único objetivo sea preservar el valor de la moneda, sin poder asistir a las administraciones mediante emisión, y un «grillete fiscal» que impide aprobar presupuestos deficitarios. Si el déficit aparece, se activa un mecanismo de «shutdown» similar al estadounidense: el presidente queda sujeto a un régimen excepcional mientras dure el desequilibrio.
No es un cambio cosmético. Es la prohibición legal de la financiación monetaria del Estado, la herramienta que Argentina ha usado durante décadas para cubrir su déficit. Las ganancias del Banco Central solo podrán destinarse a cancelar deuda pública previa. La pregunta inmediata es si esto funciona sin un anclaje externo, y el debate se ha centrado en si la inflación es, como sostiene Milei, un fenómeno exclusivamente monetario.
¿La inflación es solo un fenómeno monetario? La disputa que divide a los economistas
La tesis de Milei es clara: la inflación se combate dejando de imprimir. Pero hay una corriente de análisis que recuerda que la evidencia empírica no es tan contundente. El estudio de De Grauwe y Polan, publicado en el Scandinavian Journal of Economics en 2005, analizó 160 países durante treinta años: la relación entre crecimiento de la masa monetaria e inflación es fortísima a largo plazo, pero se debilita en los países con inflación baja y estable. En otras palabras, el monetarismo funciona como diagnóstico de hiperinflaciones, pero no explica todas las subidas de precios.
Aquí aparece el matiz: la escasez de oferta, como un shock de fertilizantes por el cierre del estrecho de Ormuz, también sube los precios. Para los monetaristas eso no es inflación en sentido estricto: es un cambio en los precios relativos porque el dinero sigue valiendo lo mismo, pero hay menos bienes que comprar. Para los keynesianos, es un incremento del nivel de precios que afecta al coste de la vida, y punto. La discusión no es académica: de ella depende si el grillete fiscal es suficiente o si Argentina necesitará además políticas de oferta.
El espejo peruano y la meta del investment grade
Los defensores de la reforma señalan que Argentina no necesita inventar nada: el modelo es Perú, un país con un Banco Central que no financia el déficit y que tiene la moneda más estable de Sudamérica, pese a un caos político endémico. El propio gobierno argentino aspira a alcanzar el grado de inversión (investment grade) hacia 2031, escalando entre seis y siete peldaños desde su actual categoría especulativa. Cada año de ortodoxia macroeconómica acerca esa meta, pero el camino es exigente.
Los datos recientes dan algo de aire: la inflación interanual se situó en el 33,5% en junio de 2026, con una variación mensual del 1,9%, cuando al llegar Milei la inflación diaria rondaba el 1,5%. La reducción es real, pero el nivel de precios sigue alto y los críticos subrayan que el 75% de los pesos en circulación se han emitido durante su mandato, con un incremento de la masa monetaria del 280% desde que llegó al poder. El argumento de la «inercia» tiene un límite temporal.
El escepticismo de fondo: personas sobre sistema
La pega más seria no es económica, sino institucional. Hay quien sostiene que el factor humano es determinante: copiar el sistema suizo o peruano en Argentina no garantiza nada si la ciudadanía y la clase política no cambian. Singapur era uno de los países más corruptos y su revolución invirtió el orden; la pregunta es si Argentina puede hacer lo mismo. Los escépticos recuerdan que las leyes se pueden derogar cuando vuelva el kirchnerismo, y que el Banco Central ya ha sido colonizado antes. La diferencia es que ahora la restricción sería legal, no voluntaria.
El plan de Milei es una apuesta fuerte: atar las manos al Estado para que no vuelva a gastar lo que no tiene. La historia argentina enseña que las instituciones valen lo que la gente quiere que valgan. La reforma está sobre la mesa. El siguiente capítulo depende de si, esta vez, el marco macroeconómico sobrevive al primer gobierno que no lo comparte.