Lo que cuesta de verdad un trabajo de 1.400 € netos al mes
No es el trabajo. Es todo lo que arrastra. Un funcionario interino de
permiso de paternidad confiesa que se pone malo solo de pensar en volver a su puesto, y su queja no apunta a la nómina ni a su familia, sino al envoltorio: una hora de coche de ida, más de 200 euros de gasoil al mes, un juego de neumáticos de 500 euros cada año y jornadas que muchos días se estiran de las ocho de la mañana a las seis de la tarde. Cobra algo más de
1.400 euros netos repartidos en 14 pagas. La pregunta que lanza —si estaría mejor en el Mercadona o en el Domino's de enfrente de casa— resume el vértigo de quien ha aprendido a poner precio a su propio tiempo.
El coste real de ir a trabajar
El desglose lo hace él mismo, sin que nadie se lo pida. Más de 200 euros largos de gasoil al mes
con el precio de antes, un juego de ruedas al año por 500 euros y una hora de trayecto de ida que tasa en
12 euros diarios. Sumado, el simple hecho de llegar al puesto se come una parte nada desdeñable de una nómina que apenas supera los 1.400 netos. Y la carretera no es un número abstracto: por ese tramo, sostiene, se cuentan cinco o seis muertos cada año.
La pregunta de fondo no es cuánto cuesta el coche, sino cuántos días de salario se van en llegar al sitio donde uno cobra. Cuando el trayecto pasa de la hora y el destino es un lugar que se detesta, el cálculo deja de ser financiero y pasa a ser de desgaste. Vivía antes en el pueblo donde trabaja, en un alquiler de 300 euros por 80 metros; el traslado a casa de su pareja le ha añadido el coche y la carretera a la ecuación.
¿Son 1.400 euros netos un buen sueldo?
El salario es el otro campo de batalla. Hay quien sostiene que, con el mercado como está, cobrar más de 1.000 euros ya se considera mucho y que 1.400 netos con continuidad asegurada es una posición envidiable. Enfrente pesa el argumento contrario: es un sueldo de
tirar para adelante y poco más. La comparación escuece cuando, en según qué conversaciones, 50.000 euros brutos anuales se despachan como basura mientras se elevan a los altares coches de gama baja.
El afectado añade un matiz que descoloca a propios y extraños: con una subida y un trienio ha pasado a
1.600 euros limpios, una mejora que él cifra en 50 y 150 euros y que otro forero pone en duda. Su pareja, enfermera, ronda los 2.000 euros netos, tiene un piso casi pagado y ahorra. El problema, insiste, nunca fue el dinero de casa.
La plaza que nadie quiere cubrir
Hay un indicador involuntario que delata la calidad de cualquier destino público: las plazas que quedan desiertas en el concurso de traslados. En su unidad, señala, no las quiere nadie. El diagnóstico incluye un sistema informático que califica de desastre, una dirigente con horario libre y mucho teletrabajo que exige sin ejecutar, y la sensación de que la culpa de todo lo que va mal recae siempre en los de abajo. De fondo, una relación con la jefa que describe como agotadora, con amenazas veladas incluidas —la anécdota de que en otro destino
se le amotinaron— y la sospecha, siempre según su versión, de que le trata peor por ser hombre.
La carga se completa con las guardias: un fin de semana de cada cuatro, sin las cuales el sueldo se quedaría en poco más de
1.200 euros al mes. Se sale de casa a las ocho y se vuelve a las seis, y de las 40 horas semanales ni se habla.
Las salidas que se ponen sobre la mesa
No hay unanimidad, pero sí una coincidencia que se repite: no dejarlo sin red. Buscar empleo mientras se tiene empleo, porque es la única palanca real de negociación. Firmar un escrito a la empresa para ceñirse a las 40 horas semanales y, si llega el despido, denunciarlo como improcedente con ese documento como prueba. Pedir una excedencia para cuidar al bebé mientras la pareja vuelve a su trabajo. Preparar oposiciones y pedir otro destino en la siguiente bolsa. Y, como último recurso, aguantar sumando puntos.
La vía más citada tiene un problema de fondo que nadie disimula: fuera de la administración, con una carrera que él mismo califica de
pinta y colorea, encontrar algo no es un trámite.
El cruce con la paternidad
El otro frente es el niño. Una parte de la conversación lo enmarca como una bendición que da sentido a todo y avisa contra fabricarse la propia infelicidad. Otra corriente, más dura, sostiene que los hijos son un lujo de millonarios y que solo estrecharán la soga según empeore la economía. En medio, una mayoría práctica: no hacer ninguna locura, la familia es la prioridad y la carrera no merece el desgaste. Él rechaza ser leído como víctima de sus propias decisiones. El crío, dice, lo tiene dormido en el hombro y no le hace infeliz.
Con estos números, ¿cuánto tendría que subir un sueldo para compensar dos horas diarias de carretera y una jefa que quema? Nadie lo ha calculado. Quizá porque la respuesta incómoda es que ningún aumento lo arregla del todo.