Una mujer de 67 años y su novio de 27: el caso que reabre el debate
¿Qué pasa cuando una divorciada de 67 años se echa un novio de 27? Que la mitad de su entorno la aplaude y la otra mitad hace cuentas. El caso lo cuenta su propio sobrino: su tía, divorciada desde hace años, se ha emparejado con un chaval 40 años más joven, guapo, de cuerpo atlético, que va al gym y está, dice, en el percentil 90 de la población. Ella lo tiene claro: los hombres de su edad le dan asco, están «todos para el asilo». Las amigas de la tía no solo lo aprueban, lo celebran: los hombres viejos que se aguanten, que más mujeres lo valen.
La anécdota, contada en un foro de actualidad, ha derivado en algo más interesante que el cotilleo: un ajuste de cuentas con el relato del «muro» femenino, ese supuesto muro de la edad que a los 40 te deja fuera de juego. Aquí no hay muro. Hay
40 años de diferencia y una señora de 67 que se ríe de él.
Qué dice el caso y qué dice el chaval
El sobrino no da muchos más datos, pero da los suficientes. El chaval es
español, del mismo pueblo de toda la vida, en una zona sin apenas diversidad, y no tiene un duro. No hay, por tanto, el relato fácil del cazafortunas extranjero ni el del interés económico: no hay fortuna que cazar. Tampoco hay piso en propiedad por parte del novio, según el propio sobrino, que zanja el asunto con un «pasta no tiene un duro».
La tesis del sobrino es que el caso dice menos de su tía que del estado del mercado heterosexual. «Quizás esto me dice más de lo mal que está el mercado heterosexual que realmente que una vieja busque polla dura», escribe. Y añade una nota generacional: él pensaba que los diez años que su abuelo le llevaba a su abuela eran muchos. Ya no.
El muro de la edad, en cuestión
La conversación se desplaza rápido del caso concreto a la tesis general: el atractivo masculino se mide por juventud, y el femenino también, pero no a la misma edad. Hay quien sostiene que las mujeres de 50 lo tienen muy fácil para emparejarse con chavales de 25 vía aplicaciones y gimnasio, y que a partir de los 40 buscan más jóvenes porque los de su edad ya no rinden. Otros matizan: la diferencia de edad funciona cuando al hombre se le sigue viendo joven, no cuando entra en la ancianidad.
El matiz no es menor. La misma corriente que celebra el caso de la tía de 67 admite que a los 35 o 40 años una mujer no se siente atraída por hombres de 50 o 70. La atracción por el mayor tiene fecha de caducidad, y esa fecha es la juventud del propio mayor. La discusión se enreda en ese punto: si la tía de 67 funciona, ¿por qué no funciona el maduro de 67? La respuesta que circula es incómoda: porque el maduro de 67 no está en el percentil 90 de nada.
El simpeo y el fin del «muro»
Una de las corrientes más repetidas sostiene que el emparejamiento con mujeres mayores ha dejado de ser excepción. «Fácil, la mitad de mis amigas entre 30 y 50 años están con hombres más jóvenes que ellas», resume una intervención. Otra apunta a un patrón familiar: primos y hermanos de la pareja de un participante, todos con mujeres entre cinco y ocho años mayores, y con hijos ya en común.
El diagnóstico que se repite es que el desequilibrio de oferta ha dado la vuelta a la tortilla. Si el chaval joven no encuentra pareja de su edad, o no le compensa, el mercado se abre hacia arriba. Y si la mujer de 50 tiene más facilidad para encontrar pareja joven que el hombre de 50 para encontrar pareja joven, el «muro» deja de ser un muro y pasa a ser una puerta giratoria. La consecuencia, en palabras de una intervención, es que «ya nadie quiere un hombre viejo».
Las cuentas que nadie quiere hacer
El escepticismo también tiene su hueco, y no es menor. La primera duda es la duración: la relación, dicen, durará poco; el chaval se cansará y desaparecerá. La segunda es la económica: sin pasta de por medio, ¿qué sostiene la pareja? Hay quien directamente descarta el caso por inverosímil y quien sospecha un interés oculto, aunque el propio relato descarta el patrimonio como motor.
La tercera duda es biológica y se plantea sin adornos: a los 67 años, el deseo sexual femenino está bajo mínimos por cuestión hormonal, igual que en el hombre. Frente a eso, la respuesta es siempre la misma: si el chaval se duerme en el trabajo, por algo será. La discusión no se cierra. Y el detalle que descoloca a todos es el mismo: el chaval no tiene dinero, no es de fuera y no viene de un entorno distinto. Solo es joven. Con eso basta para que la mitad del personal aplauda y la otra mitad haga cuentas.
Al final, la tía de 67 ha hecho lo que cualquier hombre de 67 con una novia de 27 haría: disfrutar y no pedir permiso. La diferencia es que a ella le preguntan por la herencia.