Me llevo perfectamente bien con mi padre, ambos estamos orgullosos el uno del otro.
En primer lugar, no me gusta la fiscalidad, los asesores fiscales son los brazos ejecutores del cumplimiento de las normas del Estado. Ese papel profesional me perturbaria infinitamente.
A mi padre lo educaron desde muy pequeño en la idea de que, cuando fuera mayor, iba a heredar enormes responsabilidades en varias empresas. Estudio dos años de colegio en Inglaterra, luego lo mandaron a hacer el máster a la universidad de Columbia. Cuando por fin llegó su momento profesional, lo primero que vivió fue el despido de cientos de empleados, el desmantelamiento de empresas y liquidación de activos y el asesinato de mi abuelo. Así que mi padre, bastante bregado en eso de mezclar familia, trabajo, patrimonio y demás, desde muy pronto me transmitió la idea de que me dedicará a lo que me gustara e hiciera mi propio camino.