Un hijo de 19 años, 15 horas de videojuego y 50 euros rotos en la cara
Un
matrimonio de 72 y 55 años relata en un foro de internet una escena que se repite cada día en su casa: su hijo de 19 años pasa más de quince horas diarias frente a un videojuego, no ha terminado la ESO y sostiene que no merece la pena ni estudiar ni trabajar porque piensa vivir de jugar. El padre le dio 50 euros para que saliera a relacionarse. El chaval se los rompió en la cara y le escupió. Ambos están, en sus propias palabras, devastados.
La anécdota tiene un nombre técnico que conviene conocer: violencia filioparental. Es decir,
hijos que agreden a sus padres. Y no es tan rara como el pudor familiar hace creer.
Qué es la violencia filioparental y por qué cuesta denunciarla
El caso descrito encaja en un patrón que los
servicios sociales conocen bien: agresión física o verbal, rotura de objetos y aislamiento digital dentro de casa. La respuesta más útil que apareció en la conversación fue la de acudir a los servicios sociales del ayuntamiento, que suelen tener o conocer programas específicos para familias en esta situación, y a fundaciones que trabajan exclusivamente en ello.
El segundo consejo, menos cómodo, es el 112. Si hay golpes o escupitajos, hay violencia, aunque el agresor sea el hijo. Denunciar no equivale a meter al chaval en la cárcel: en muchos casos es la vía para que un juez le obligue a tratamiento o lo aleje del domicilio mientras se reconduce la situación. La distancia entre el miedo al qué dirán y el parte de lesiones es, muchas veces, la distancia entre seguir igual y empezar a cambiar algo.
Quince horas de pantalla y un plan de vida: vivir del videojuego
El discurso del hijo —no merece la pena estudiar, no merece la pena trabajar, pienso vivir de esto— es el núcleo del problema. No es solo la adicción al videojuego, es la construcción de una identidad entera alrededor de una promesa de rentabilidad que, en la inmensa mayoría de los casos, no llega. El chaval ha convertido una afición en un proyecto vital sin haber terminado la ESO.
Ahí los padres tienen poco margen de negociación: no se puede razonar con quien ha sustituido el currículum por una fantasía de ingresos. Lo que sí existe es intervención externa. Y el relato de la madre y el padre —cansancio, desconcierto, sensación de haberlo probado todo— es el de miles de familias que llegan a estos programas cuando ya han pasado años.
El detalle que descoloca: la edad de los padres
El padre tiene 72 años y la madre 55. La diferencia de edad, que en la conversación se convirtió en objeto de burla, no es un chiste: es un factor de vulnerabilidad. Un padre septuagenario tiene menos energía física para gestionar a un joven de 19, y menos margen para esperar a que madure. La violencia filioparental suele cebarse con progenitores mayores o en situaciones de fragilidad.
El escupitajo y los 50 euros rotos no son una anécdota de foro. Son la punta de un iceberg doméstico que se mide en partes de lesiones, en llamadas al 112 y en programas de tratamiento que casi nadie conoce hasta que los necesita.
Este artículo se basa en el testimonio publicado por una familia en un foro de internet y en las respuestas que recibió. No sustituye el consejo de un profesional.