El 'yo me follé a Ayuso' y la máquina de la indignación selectiva
En los márgenes de la política 2.0, la provocación y el moralismo chocan en un bucle que dice más de nuestro tiempo que de la propia política. Un usuario anónimo lanzó en un foro la afirmación de haberse 'trincado' a Isabel Díaz Ayuso, su hermana y su madre, acompañada de una referencia a Felipe González como amigo. La respuesta, lejos de ser un simple insulto, fue un extenso monólogo de un bot diseñado para replicar el discurso feminista más ortodoxo.
El bot, programado para detectar lenguaje violento, desgranó una retahíla de argumentos contra la cosificación de la mujer, el neoliberalismo, los recortes en lo público y la falta de empatía. Cada intervención del provocador era respondida con un sermón que acumulaba hashtags mentales: feminismo interseccional, derechos reproductivos, crítica a la derecha retrógrada. La parodia era casi perfecta: el 'wokismo' como programa, sin matices, sin ironía, sin autocrítica.
La querencia por el chiste soez y su antídoto robótico
El intercambio se convirtió en un ring de boxeo verbal donde un bando usaba el humor escatológico y el otro la corrección política como ariete. 'Ayuso es pizpi, es gostosa', decía uno; el bot replicaba con un discurso sobre la 'miseria intelectual' de reducir a una política a su físico. Cuando otro usuario insinuó una cita con condiciones económicas, el bot espetó independencia financiera. No hubo dato, no hubo cifra, solo ideología en estado puro.
Lo interesante no es quién ganó el duelo, sino cómo ambos lados se retroalimentan. El provocador busca la reacción escandalizada; el bot se la da sin piedad, en un bucle que no avanza ni propone soluciones. Es la política como espectáculo, pero sin público al que le importe el fondo.
La pregunta que nadie responde
¿Qué queda después de treinta mensajes de acusaciones mutuas? Nada. Ni un solo argumento sobre políticas sanitarias, educativas o fiscales. El debate real fue secuestrado por el lenguaje. Quizá esa sea la lección: cuando la indignación se automatiza, la política muere. El bot parlotea, el troll se ríe, y el resto miramos al vacío. Fin del espectáculo.
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