Por qué el calor extremo te deja más agotado que nunca
Caminar por la arena de la playa se convierte en un esfuerzo titánico. La fatiga no es solo mental: el cuerpo se siente pesado, sin energía, como si hubiera entrado en modo hibernación. Quienes lo padecen repiten el mismo patrón cada verano, pero aseguran que este año la intensidad es inusitada.
¿La razón? El calor extremo desencadena una serie de respuestas fisiológicas: los vasos sanguíneos se dilatan, la tensión arterial tiende a bajar –quienes ya tienen la tensión alta notan un descenso brusco que deja «frito»– y el metabolismo se ralentiza. El organismo prioriza la refrigeración y reduce la actividad muscular, una suerte de «modo ahorro de energía» que también se observa en animales: los gatos callejeros pierden peso y mudan el pelo descontroladamente.
Lo curioso es que todo esto ocurre pese a que las analíticas básicas están en orden. Un afectado reporta una tensión arterial de 13/7, dentro de lo normal, y sin embargo el agotamiento es real. No faltan quienes señalan a la alimentación procesada, al agua de mala calidad o incluso a las estelas de los aviones, aunque la ciencia apunta más bien al impacto combinado del calor húmedo y la deshidratación.
Con la llegada de julio y las olas de calor, la pregunta es si esta fatiga generalizada es un fenómeno fisiológico normal o la señal de que algo está cambiando en nuestra exposición al clima extremo. De momento, la única receta que parece unánime es la que nadie puede aplicar: no trabajar y bañarse en una alberca.