Compró Santander a 4,31 y vendió a 4,98: un 15% en plena tormenta
Hay una forma muy poco elegante de ganar dinero en bolsa: hacerlo cuando todo el mundo te está diciendo que estás cometiendo una locura. Eso es exactamente lo que ocurrió cuando alguien anunció que acababa de meter
30.000 euros en acciones del Santander a 4,31 euros, con todos sus ahorros y con la confesión de estar nervioso. La reacción no fue tibia: se le acusó de meter todos los huevos en el mismo cesto, de jugarse algo más que un simple correctivo dialéctico y de haber elegido el peor día posible para entrar en el mercado. Un diagnóstico que, visto lo visto, envejeció regular.
El episodio arranca con una decisión que roza la temeridad estadística: concentrar el patrimonio en un único valor, y encima en un banco español, en un contexto en el que la banca arrastraba años de desconfianza. La crítica más repetida fue la de la diversificación:
nunca todos los huevos en el mismo cesto. La segunda, más de fondo, apuntaba a la marca España y a un sistema financiero lastrado por entidades rescatadas y una recesión que amenazaba con comerse los beneficios futuros.
El día que entró: 828 euros de pérdida en una sola sesión
La primera factura no tardó. Con el valor en 4,191 euros, la posición acumulaba unas pérdidas de
828,3 euros en una jornada, según un cálculo que circuló en el hilo. El diagnóstico que circuló entonces era implacable: mal día para entrar, y previsión de gasto extra en tila. La comparación con episodios anteriores de euforia compradora —gente entrando a saco en valores que luego se despeñaron— sirvió para recordar que el entusiasmo colectivo rara vez es una señal de compra.
Hubo quien intentó aportar algo de método en medio del ruido. La recomendación de no coger un cuchillo que cae, de esperar a que el valor muestre signos de giro y de cubrir la posición cuanto antes, chocaba con la estrategia del comprador: aguantar, no mirar los titulares y confiar en el medio plazo. También apareció la advertencia técnica sobre los Valores Santander y una fecha concreta, el 4 de octubre, como día señalado en el calendario del accionista.
¿Por qué el Santander era una mala idea para media España?
El argumento más repetido no tenía que ver con el banco en sí, sino con el país. La tesis era que el problema no era la entidad, sino el entorno: recesión, menor beneficio, destrucción de empleo y una inversión futura que se iba al garete. A eso se sumaba una sospecha más estructural sobre la banca española como vehículo de inversión: la idea de que las acciones de los bancos no están hechas para que gane el accionista, sino para que el banco se financie cuando lo necesita, con ampliaciones y splits que diluyen al minorista mientras el consejo y los amigos del consejo se llevan la parte buena.
Frente a eso, la defensa del valor se apoyaba en algo tan viejo como la bolsa: comprar cuando el miedo es máximo.
Cuando la gente está nerviosa es el momento de invertir, sostenía una de las posturas más citadas, con la advertencia de que tocaría sufrir. El problema, respondían los escépticos, es que hay mucha gente con ganas de comprar sin tener ni idea, y eso recuerda peligrosamente a otros episodios de euforia que acabaron mal.
El giro: venta a 4,98 y un 15% de rentabilidad
El desenlace de la operación llegó con el valor subiendo un 6% en una sesión. La posición se cerró con la venta de todo a
4,98 euros, lo que dejó una rentabilidad aproximada del 15% sobre el precio de entrada. La justificación fue tan poco épica como razonable: viaje a la vista, no querer estar pendiente de la bolsa y la intención de volver a entrar si el precio se acercaba de nuevo a los 4 euros.
La reacción cambió de signo. Los mismos que habían augurado el desastre pasaron a reconocer el acierto, aunque con matices: se había comprado bien y no se había vendido con pérdidas, pero se habían dejado por el camino plusvalías adicionales, porque el valor siguió subiendo después. La cifra que se manejó fue la de más de
4.500 euros de beneficio en unos días, con la coletilla de que el último euro siempre lo gana otro.
Lo que se dejó sobre la mesa y lo que vino después
El cálculo de lo no ganado se convirtió en el nuevo deporte. Con el valor cerrando en 5,719 euros, la plusvalía potencial superaba los
5.000 euros brutos, según un cálculo que circuló en el hilo. Después llegaron los 6 euros, y con ellos la pregunta de si el que compró a 4 hizo un gran negocio o simplemente el negocio que estaba a su alcance. La respuesta más honesta es que hizo una operación con un nivel de riesgo asumido y la cerró con beneficio, que es más de lo que pueden decir muchos.
El comprador, mientras tanto, dejó caer que seguía mirando el mercado: esperaba una nueva caída por debajo de 4 euros para volver a entrar y seguía de cerca a Telefónica. La ironía final la puso quien, habiendo comprado a 6,7 o 6,9 euros, se encontró preguntando si aguantar o salir, demostrando que el problema nunca fue el precio de entrada, sino la estrategia.
¿Cuántos de los que rieron la compra habrían aguantado la posición con 828 euros de pérdida el primer día?